
Los periodistas tenemos que lidiar casi a diario con los gabinetes de prensa.También los que nos dedicamos a esto de los sucesos. Policía, Guardia Civil, Ministerio del Interior, policías municipales, Tráfico, Instituciones Penitenciarias… Todas las entidades con las que tratamos en nuestro trabajo cuentan con esos departamentos de prensa y comunicación, que forman un universo peculiar, tan peculiar como los organismos para los que trabajan. Me intentaré explicar.
Hay gabinetes de prensa formados por agentes o funcionarios del cuerpo que corresponda; policías en el de la policía, guardias en el de la Guardia Civil y así sucesivamente… En los gabinetes civiles hay funcionarios o periodistas que han accedido de una u otra forma a la plaza. Eso, en cuanto a su composición. Sus funciones, sobre el papel, están claras: difundir el trabajo que haga su cuerpo o institución y facilitar el trabajo de los periodistas, es decir, intermediar –por ejemplo– entre un reportero y el responsable de la unidad policial que ha hecho una brillante operación anti-drogas sobre la que el periodista quiere más información que la que ofrece la, por lo general, escueta nota de prensa.
Los jefes de prensa están obligados a mantener un muy difícil equilibrio entre la lealtad a la entidad a la que pertenecen y que les paga y los intereses de los periodistas. Eso lo sabemos todos los profesionales de la información, que conocemos bien la idiosincracia de estos departamentos y que convivimos con la mayoría de ellos respetándonos y colaborando… en la medida que se pueda. A veces, el varapalo es inevitable, la exclusiva revienta la rueda de prensa prevista para el día siguiente y se pone en evidencia que los intereses de unos y otros son difíciles de conciliar.
Como entre los periodistas o entre los policías o entre cualquier colectivo, hay jefes de prensa malos, regulares, buenos y unos pocos excepcionales. Excepcionales por su visión periodística aún estando al otro lado, por la agilidad con la que tramitan las peticiones de los medios, por la profesionalidad con la que mantienen el equilibrio entre la lealtad a su institución y la colaboración con los periodistas, por la habilidad para parar los golpes y por la deportividad para encajar los que son justos, por la capacidad de entresacar lo mejor del trabajo que hace su organismo y darlo a conocer, por su sentido de la justicia para no favorecer a uno o a otro medio al margen de su adscripción ideológica… Créanme. Hay muy pocos jefes de prensa así. Una de ellas llevaba dos décadas prestando unos magníficos servicios a la Administración –fuese del color que fuese– y a los periodistas con honestidad y profesionalidad. La han despedido. La Secretaría General para la que trabajaba es hoy un poco peor.
Me encantan las librerías. Adoro entrar en ellas, pasar la mano por las cubiertas de los libros, darles la vuelta y leer las contraportadas, abrirlos y comprobar el olor de sus hojas o los tipos en los que están escritos. Desde hace poco, leo algunos libros en un lector electrónico Kindle, pero me siguen fascinando las librerías y los libreros, esos tipos que venden lo que han leído, con los que puedes hablar de manera frontal sobre tal o cual libro o que exponen en los lugares preferentes de sus establecimientos los volúmenes que a ellos les apetece, no los que quieren las editoriales.
La novela negra es mi género favorito. Por eso, tenía desde hace mucho una deuda pendiente: ir a Barcelona y visitar la librería Negra y Criminal, en el corazón de la Barceloneta, un verdadero templo del género. El pasado mes de octubre conocí en Santiago Negro a Paco Camarasa, el dueño del establecimiento. Le prometí una visita que, finalmente, pude hacer el pasado fin de semana en compañía de mi mujer y mis hijos, con los que compartí una experiencia extraordinaria.
En un local de poco más de 50 metros cuadrados se agolpan los libros, una colección de todas las ediciones imaginables de El halcón maltés, una curiosa iconografía en la que no faltan los grilletes y el revólver, las fotografías de ilustres visitantes y amigos de la casa como James Elroy, Michael Connelly, John Connolly, Andreu Martín, Lorenzo Silva... Y hay sitio hasta para unos fogones, la cocina criminal desde la que salen los deliciosos mejillones con los que Montse, la librera, obsequia a los clientes y amigos. Entre los volúmenes se pueden encontrar joyas olvidadas –la serie negra de Bruguera, la colección Gimlet de Grijalbo, la serie negra de Júcar…– o tesoros descubiertos por Paco y Montse, que comparten con la parroquia de la librería, unos privilegiados.
Pero, con todo, lo mejor de Negra y Criminal son sus libreros. Hablar de literatura negra con Paco y Montse es el sueño de todo aficionado. En la hora que pasamos allí, hablamos de los libros de Agatha Christie que podrían gustarle a mi hijo mayor, de las dos inquietantes últimas novelas de John Connolly, del buen rollo que transmite Michael Connelly, de lo que me gustó Los amigos de Eddie Coyle –que Paco me recomendó en Chile–, de libros de forenses con los que mi hijo pequeño iba a disfrutar, de La mirada del observador, una novela de Marc Behm que me llevé por recomendación de Paco… Además, me adelantaron el contenido de la próxima edición de Barcelona Negra, un certamen del que la librería Negra y Criminal es su verdadero alma… En fin, un deleite y un privilegio haber podido pasar un rato entre libros y libreros. Si viajáis a Barcelona, buscad en la Barceloneta Negra y Criminal y perdeos allí. Os encantará.
‘El Chele’, un depredador de niños, esta semana en Interviú
Posted: 09/01/2012 in pederastaEtiquetas: Interviú, Juan José Ramos Amador
El pasado verano, una niña de diez años y su hermano, de ocho se convirtieron en los protagonistas de uno de los sucesos más terribles del año: un hombre secuestró a los dos pequeños en Torrelaguna (Madrid), agredió sexualmente a la cría y arrojó a los dos hermanos a un pozo, donde habrían muerto de hambre y de sed si no hubiese sido porque el azar hizo que dos jóvenes pasasen por allí. Esta semana contamos en Interviú quién es Juan José Ramos Amador, alias El Chele, y adelantamos que el análisis de su ADN ha permitido imputarle un nuevo delito: el secuestro y la agresión sexual a una niña de ocho años, cometido en Madrid en 1999. Amador pasó diecisiete años en prisión por un delito sexual y salió de la cárcel en 1997. Es padre de tres hijos y se dedicaba a recoger chatarra y a delinquir, algo que lleva haciendo desde los dieciocho años.
La Comandancia de la Guardia Civil de Madrid logró detener a Juan José Ramos dieciocho días después de los hechos, en una brillante operación y gracias al trabajo de los psicólogos del Servicio de Análisis de Conductas Delictivas del Instituto Armado, que sacó de la pequeña toda la información precisa para identificar al agresor. Toda la historia, esta semana en Interviú.
Mes a mes, semana a semana, casi día a día recibimos pésimas noticias sobre nuestro oficio, el del periodismo. Hace bien poco cerraba ADN, ayer Público anunció que se acogía a concurso de acreedores, las cifras de ventas y de ingresos por publicidad llevan en caída libre varios años y las redacciones de los diarios adelgazan cada vez más en número de profesionales y en la experiencia y el oficio de los que se quedan.
Hemos echado la culpa de esta muerte lenta de los periódicos a muchas cosas: primero se responsabilizó a la irrupción de los medios gratuitos; después, al crecimiento de Internet y a la aparición de medios de comunicación en la red, que iban a suponer “la muerte del papel”, como anunciaban los gurús de la red, muchas veces con el colmillo bien afilado; ahora es la crisis la que tiene la culpa de que los periódicos y las revistas cierren y de que no haya lectores que se acerquen al quiosco.
Yo no puedo decir quién es el culpable de lo que parece la inevitable muerte de una manera de entender el oficio. Me crié –textualmente– en la redacción del periódico Pueblo, donde trabajó mi padre. Tras pasar nueve meses en una emisora de radio, dí mis primeros pasos profesionales en el diario Ya y desde entonces –salvo una fugaz etapa en la televisión– he trabajado siempre en periódicos y revistas. De hecho, me hice periodista para poder contar historias que la gente leyera en un papel, aunque hace tiempo me di cuenta de que me daba igual que las leyeran en una pantalla de ordenador, en una tableta o incluso en un teléfono. Además, soy lector de periódicos y revistas. Los compro, sobre todo, para buscar historias. Pero ya no las encuentro.
Me considero un privilegiado dentro de mi profesión por muchas razones. Por encima de todo, porque puedo seguir contando historias. En Interviú siguen poniendo papel a mi disposición para que yo pueda contar esas historias que quería contar desde muy joven. Hablo con compañeros de periódicos, excelentes reporteros de sucesos, y se quejan de que en sus diarios nunca hay espacio para sus historias y la red es un medio demasiado instantáneo como para contar relatos con cierto poso. Echo un vistazo a la prensa de hoy: “De Guindos dice…”, “Chacón quiere presentar…”, “Angela Merkel aplaude…” (son tres fragmentos de titulares de portada de Público, el último medio en apuros), “Gallardón propone…”, “Mas avisa de que los ajustes…” Y así, hasta el infinito. En El País tengo la suerte de encontrar una historia, los relatos de mujeres que lograron escapar de la violencia de sus parejas. Al margen de la demolición de Urdangarín –que tengo que leer por obligación– lo único que me llama la atención como lector es esa historia de El País. Y eso me pasa a diario desde hace mucho, demasiado tiempo. Soy incapaz de encontrar en la portada de los diarios una buena historia que me motive como lector.
Un 80 o un 90 por ciento del contenido de los periódicos es casi idéntico en todos ellos: las mismas noticias, las mismas declaraciones de políticos, las mismas propuestas… Como faltan reporteros –porque se han jubilado, prejubilado, los han despedido o son muy caros de contratar– capaces de dar noticias propias o de contar historias, se llenan los periódicos de opinión porque, al fin y al cabo, casi cualquiera puede opinar. Las noticias que se cuentan se quedan antiguas, son del día anterior y las he visto en Internet. No me aportan nada nuevo, ni un análisis propio brillante ni una buena documentación… Así que las páginas de los periódicos se llenan de periodismo de declaraciones en el que el lector todo lo que encuentra es lo que dijo alguien –generalmente un político– o lo que alguien contestó a otro y así sucesivamente. Me encantaría que alguien se atreviese a aceptar el reto que propuso hace tiempo Antonio Muñoz Molina: que durante un mes desapareciesen las declaraciones de los diarios. Así, los periodistas no tendrían más remedio que trabajar en busca de historias o de noticias propias.
La crisis afecta a todo el mundo, sin excepción. A los diarios estadounidenses, también. David Simon hizo decir a uno de sus personajes de The Wire, un redactor jefe del Baltimore Sun: “Habrá que hacer mucho más con menos medios”. Y así es. En EEUU y aquí. Es el signo de los tiempos. Pero allí hay una diferencia. Los grandes diarios estadounidenses siguen apostando por las historias. Cada vez que viajo a Nueva York, compro The New York Times y siempre encuentro una historia en su portada: la de los suicidios de los veteranos de Irak, la del creador de un nuevo código HTML, la de la explosión de los running backs de la NFL procedentes de la Universidad de Miami y su relación con el césped que hay en sus campos… Siempre hay, al menos, una historia que despierta mi interés, ya no profesional, sino de lector raso. Aún en tiempo de campaña electoral, The New York Times se resiste a abrir su edición con noticias políticas. El que se acerca al quiosco y paga el precio que cuesta el periódico, sabe que se lleva algo que no va a encontrar en otro sitio.
No se me ocurriría sugerir que la culpa de la crisis de la prensa la tenemos los periodistas o que el cierre de medios o el mal momento de, por ejemplo, el diario Público es responsabilidad de sus profesionales. Pero sí que echo de menos en mi oficio algo de autocrítica. La culpa no puede ser solo del empedrado. Creo que los medios y los periodistas nos hemos acomodado en este statu quo. Para todos es mucho más cómodo seguir recogiendo declaraciones mientras el oficio, tal y como lo entendemos los que pasamos de los 40, va desapareciendo.
Los contactos de la mafia de la noche, esta semana en Interviú
Posted: 12/12/2011 in drogaEtiquetas: Alfonso Taborda, David Lozano, Dolores Márquez de Prado, Interviú, Javier Gómez de Liaño

Hace unas semanas contábamos en Interviú que algunos de los encartados en la operación Edén habían logrado sentarse con altos cargos del Gobierno de Castilla-La Mancha como parte de su estrategia para hacerse con la explotación de la terminal de carga del aeropuerto de Ciudad Real y de esa manera introducir en España miles de kilos de cocaína de manera segura. Esta semana contamos que otros implicados presumían de tener contactos en el Tribunal Supremo, la Audiencia Nacional, los juzgados de vigilancia penitenciaria…
Las conversaciones entre Alfonso Taborda y David Lozano –implicado en el asesinato en 1999 de Víctor Pozo, que estuvo once años huyendo de la justicia– resultan, cuanto menos, inquietantes: en ellas se habla de pagar un millón a un magistrado del Tribunal Supremo, de reuniones con el fiscal jefe de la Audiencia Nacional, de compra de testigos… Los responsables de la operación Edén sí han acreditado que varios testigos de los que acudieron al juicio en el que se condenó a 25 años a David Lozano fueron comprados o presionados por los lugartenientes de Lozano. Así lo ratificó el pasado 24 de noviembre un testigo protegido, que aseguró que le ofrecieron 60.000 euros para que declarase a favor de Lozano. El dinero –según dijo ante el juez– llegaba del abogado de Lozano.
Los letrados que defendieron a David Lozano en el juicio por la muerte de Víctor Pozo fueron Javier Gómez de Liaño, ex juez de la Audiencia Nacional, y Dolores Márquez de Prado, ex fiscal del mismo organismo. Lozano pagó, siempre según las conversaciones intervenidas, 300.000 euros por su defensa, que no sirvió para librarle de una condena de 25 años. Ahora, su última oportunidad radica en el Tribunal Supremo, hasta donde los mafiosos aseguran haber llegado comn sus tentáculos. Tenéis todo en la revista Interviú de esta semana.
Ruth y José Bretón llevan casi dos meses desaparecidos. Su padre, José Bretón, sigue en prisión y el juez instructor ha decidido volver a decretar el secreto de sumario a la vista del último informe que le han remitido los investigadores de la UDEV Central de la Policía. Esta semana, revelamos en Interviú parte del contenido de ese informe. Por ejemplo, se recoge el testimonio de algunas personas que han manifestado haber oído a Bretón decir días antes de la desaparición de los niños: “Aquí va a pasar algo muy gordo”. O el curioso ofrecimiento que le hizo a la policía: ayudaría a encontrar a sus hijos si le dejaban en libertad. Pero lo más sorprendente de todo lo que contamos en el número de Interviú que ya está en la calle es el diálogo que Bretón mantuvo con uno de los policías, responsable de las investigaciones: “José, ¿dónde están los niños?”, le espetó el agente tras pasar muchas horas con él. “Ese es mi secreto”, contestó el padre de Ruth y José. Lo tenéis todo en Interviú.
‘Operación Edén’, el mayor golpe contra el crimen organizado en España
Posted: 21/11/2011 in drogaEtiquetas: Ana María Cameno, Cruz Morcillo, David Lozano, Interviú, Lauro Sánchez Serrano, López Tardón, Pablo Muñoz, Santiago Torres

Los estudiosos del crimen organizado sostienen que la última fase de la implantación de la mafia en cualquier lugar se produce cuando los delincuentes logran extender sus tentáculos hasta los centros de poder, hasta el corazón de la administración, ya sea local, autonómica o central. La Italia de Cosa Nostra de los 70 u 80, la Rusia de Putin o la Colombia de los grandes cárteles son buenos ejemplos de ello. En España, los intentos en este sentido han alcanzado solamente el poder municipal y seguramente hayan sido los rusos quienes hayan llegado más lejos, como nos cuentan Pablo Muñoz y Cruz Morcillo en más que recomendable libro “Palabra de Vor”.
La policía ha culminado en los últimos meses la operación Edén. Las investigaciones nacieron en 2009, tras el asesinato de un portero de discoteca en Madrid. Indagando lo que había detrás de ese crimen y tras un impecable trabajo policial, el juez Santiago Torres, la UDEV Central y la UDYCO de Madrid han desenredado una enorme madeja. La operación Edén ha supuesto la detención de más de cien personas, la intervención de cientos de millones de euros, la incautación de centenares de kilos de droga, pero, lo más importante, es el mayor golpe asestado jamás contra las organizaciones criminales asentadas en España. Las mafias búlgaras de la noche de Madrid, los hermanos López Tardón –responsables de los Miami–, los restos de los Miami iraníes –comandados por David Lozano, once años huido de la Justicia–, Ana María Cameno –la mayor distribuidora de drogas de España–, Lauro Sánchez Serrano –objetivo policial nunca atrapado desde hace una década–… Todos ellos han ido cayendo en las distintas fases de la operación Edén.
Los detalles de la investigación dejan bien claro que a lo que se ha enfrentado esta vez la policía era a crimen organizado en estado puro: sicarios dispuestos a matar testigos, cientos de millones blanqueados, abogados que hacen su trabajo mucho más allá de los tribunales… Y, como contamos esta semana en Interviú, la evidencia de que el grupo criminal estaba ya buscando infleuncia política: buscaron el apoyo del gobierno socialista de Castilla-La Mancha para hacerse con el aeropuerto de Ciudad Real y tener así una base de operaciones para transportar mensualmente toneladas de cocaína. Para ello, utilizaron a un hombre fuerte de Caja Castilla-La Mancha, que consiguió acceder hasta el vicepresidente y consejero de la Junta de Castilla-La Manncha. Lo podéis leer esta semana en Interviú. Inquietante, pero cierto.

EL PAÍS
Hace unos meses, el propio Irujo contaba como una niña se negaba a quitarse el burka para ir a clase –en el reportaje de hoy nos relata que no ha regresado al instituto– y ahora son dos niños los que se niegan a dar clase de música, “porque es mala para mi cabeza y mis pensamientos”, según le dice un niño de 12 años al periodista. Él y su primo se han declarado insumisos y se niegan a dar clase de música. El padre de uno de ellos justifica la negativa del crío. Descrito por Irujo como un tipo caracterizado con las vestimentas y los rasgos del rigorismo salafista más absoluto, espeta sin rubor: “Usted ya ha visto que él no la quiere estudiar y yo no le voy a obligar a hacerlo. Que cambien la ley, que le den libertad de estudiarla o no”.
El imán de la mezquita blanca del barrio de la Cañada de Hidum, el más infestado por el integrismo, donde viven los críos insumisos a la clase de música, justifica a los chavales: “Si escuchas música y te toca al corazón, no te llega la lectura del Corán. El islam dice que la música es pecado. Está escrito. La música es lo contrario del Corán y te guía por el mal camino”.
El reportaje de Irujo llama, una vez más, a la reflexión. A pensar en el camino por el que están transitando las comunidades musulmanas de dos –no lo olvidemos– ciudades españolas, en las que poco a poco van ganando terreno los barbudos, los puros, como ellos mismos se definen, los defensores de una versión del Islam absolutamente incompatible con los principios democráticos que imperan en Occidente y que rigen nuestra vidas. Esos barbudos, esos salafistas, quieren regresar a la Edad Media, quieren ver a las mujeres tapadas de la cabeza a los pies y quieren la sharia como único cuerpo legislativo. Pero el reportaje de Irujo también me plantea una duda: ¿Habrá tanta contundencia contra estos alumnos como la que hubo contra los que se negaron a estudiar educación para la ciudadanía?. Confío en que sí la haya y acabemos así con los espacios e impunidad. Para todos.
“Primero sientes que vas a morir. Después, sientes que has vuelto a nacer”. El lema publicitario de Asics se podía leer estos días en vallas, autobuses y escaparates de Nueva York. Asics, principal patrocinador, junto a ING, del maratón, inunda la ciudad de mensajes y fotografías inspiradoras y estimulantes para las 47.000 personas que participamos en la carrera. Cuando llegué a la meta de Central Park, tras correr 26,2 millas, me acordé del lema de Asics; nunca una frase publicitaria ha estado tan cerca de la realidad.
Desde que empecé a correr de manera regular, seis años atrás, he tenido en mente correr un maratón y hace un año, durante un viaje con mi familia a Nueva York, decidí que el primero sería el de la ciudad de la que llevo enamorado desde que, hace ya más de veinte años, la visité por primera vez. Viajé en las vísperas del maratón de 2010, cuando ya toda la ciudad se preparaba para su carrera, un acontecimiento deportivo anual del que los neoyorquinos de sienten tan orgullosos como de su Empire State. Y allí empezó una historia que acabó el domingo, en Central Park, donde sentí que volví a nacer, como reza el lema de Asics.
Para no poder echarme atrás, muy pronto contacté com Marathinez. Luis, responsable de la tienda del mismo nombre y de la agencia de viajes, tiene entre algunos de mis compañeros corredores una fama intachable: Rosa, Brenda, Óscar… Todos ellos habían viajado a algún maratón con su compañía y hablan maravillas de la organización. Lo cierto es que con Marathinez solo hay que ocuparse de pagar… y de correr. De todo lo demás –dorsales, hoteles, vuelos, traslados y hasta de una camiseta con tu nombre impreso y los colores de la bandera española…– se encarga el equipo de la agencia con una eficacia a la que, desgraciadamente, no estamos acostumbrados en España.
Tras inscribirme –allá por el mes de enero– llegó el momento de la planificación y ahí comenzaron los primeros muros a los que me tuve que enfrentar. Primero fue una fascitis en el pie izquierdo que no remitió hasta que me puse en manos de Javier, mi fisioterapeuta, que la aniquiló en media docena de sesiones. Después, regresó a su cita con mis tibias la periostitis, una lesión que arrastro desde hace años y que me ha acompañado durante toda la preparación: el hielo, los antiinflamatorios, los cuidados de Javier y, sobre todo, la resistencia al dolor han sido los únicos paliativos para ella.
Pese al dolor y gracias a la motivación de Rosa, Brenda, Óscar, Poti, Miguel… y, sobre todo, al paciente trabajo de Álvaro, mi entrenador, y las manos de Javier, el fisio, seguí preparando el maratón con un plan de Pablo Villalobos, aunque la periostitis no me dejó hacer todos los kilómetros que debía haber hecho y, sobre todo, me dificultó mucho el trabajo de series. Anotaba minuciosamente los ritmos, los kilómetros, intentaba cuidar hasta el último detalle: alimentación, zapatillas –tras probar unas Brooks Trance y unas Saucony Paramount, regresé a las Asics Gel Kayano, con las que corrí–, sesiones de gimnasio donde Álvaro consiguió proporcionarme un tono muscular en las piernas a prueba de maratones… Y el calendario seguía acercándose de manera implacable a ese 6 de noviembre. Las últimas semanas estuvieron marcadas por el miedo a la carrera –paliado por los increíbles consejos de Brenda– y el dolor en las tibias, que me impidió seguir el plan previsto; tuve que rebajar el número de sesiones. A falta de dos semanas para el maratón, me probé en la media maratón de Valencia. Allí, con mi ‘hermano’ Rafa y José Luis, logré el objetivo que buscaba: mantener el ritmo previsto en la maratón, algo menos de 6 minutos el kilómetro. Todo parecía funcionar. Pese a todos los muros.
El viernes, 4, volé a Nueva York, después de recibir los ánimos en directo de Susanna Griso en Espejo Público y de Julia Otero en Julia en la Onda. En el aeropuerto, el encuentro con el resto del grupo, los miedos compartidos con otros rookies en la distancia, como Paulino y Luis, la mirada furtiva y de admiración a aquellos que llevan en sus caras media docena de maratones… Al aterrizar en Nueva York, Marathinez nos llevó directamente a por el dorsal y la bolsa del corredor. La llegada al centro de convenciones te pone ya el maratón en la cabeza y te deja claro que eso es Nueva York, que todo funciona como un reloj y que todo es a lo grande. Miles de metros cuadrados de productos de todas las marcas, cientos de voluntarios que se desviven por ayudar a los recién llegados y por prestarles toda clase de atenciones…
Casi sin darse cuenta, llega el sábado por la noche, el momento de velar armas, la noche previa a la primera cita con la distancia. Pese al trabajo de Brenda, me costaba quitarme el miedo. Apenas dormí tres horas. A las cinco en punto, compartí mesa en el desayuno con un veterano, que me tranquilizó: “nunca se duerme la última noche, hay que haber dormido mucho las semanas antes”. Eso, para un insomne como yo, fue una puñalada.
Una hora de autobús, en la que me encontré con Juan, otro colega de profesión y debutante en la distancia, nos dejó en Staten Island, al pie del puente Verrazano. Allí, la organización del maratón agrupa a las 47.000 personas que iban a tomar la salida. Casi tres horas de espera, pensando la ropa que te va a sobrar o la que te va a faltar, calculando el número de barritas energéticas que harán falta y repasando todas esas frases que has ido aprendiendo leyendo a Muarakami y a todos los que alguna vez le dedicaron una línea al maratón: “El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional”, “El dolor es temporal, la gloria es para siempre”… Palabras motivantes a las que uno se agarra cuando las fuerzas flaquean o la cabeza se llena de nubarrones. Pero cuando faltaban pocos minutos para la salida, cuando la organización nos hizo llegar hasta la línea de salida, las palabras que tenía presentes eran las de Brenda: “el día de la carrera no es un examen, es el premio, es el día para disfrutar”.
El himno nacional norteamericano cantado por una solista y las notas del New York, New York de Frank Sinatra dan paso a la salida de la maratón. Tras dos millas por el puente y su salida, la carrera llega a la 4º Avenida de Brooklyn y uno piensa que aquello no puede ser real: miles de personas llenando las calles, dando ánimos, llamándote por tu nombre –seguí el consejo de Óscar y corrí con una camiseta en la que había puesto mi nombre–… Sigo sumando millas sin darme cuenta, casi llevado en volandas por esas miles de personas que llenan las calles del peculiar barrio de Brooklyn: hispanos, italianos, judíos, irlandeses… Los rostros, los idiomas y las banderas van cambiando, pero los ánimos no decaen. Yo corría y miraba estupefacto, hacía chocar mi mano con la de los niños y aplaudía de vez en cuando… Llegué a olvidar que estaba en una maratón. La primera mitad de carrera acabada en bastante menos de dos horas me puso sobre alerta: estaba yendo muy rápido, uno de los fundados miedos de Álvaro, mi entrenador. Y el maratón es maravilloso, pero es muy cruel, te hace pagar cualquier error.
El final de Brooklyn da paso a Queens, donde la gente sigue dando ánimos y empujando a los corredores, sacando de sus casas frutas y dulces para los maratonianos. Coincidiendo con el kilómetro 25 llega la parte más sombría y dura de la carrera: el puente de Queensboro. Un larguísimo túnel de dos kilómetros, con una primera parte en subida, en la que no hay nadie alrededor, en la que sientes en toda su crudeza el rigor y la exigencia de esta prueba. Allí pasé frío, el sudor comenzó a enfriarse… Y empecé a sentir que moría, como decía el lema de Asics. Una barrita, el recuerdo de los consejos de Brenda –“nunca, nunca vacíes la cabeza, piensa en cualquier cosa”– y las dedicatorias que me habían escrito mis hijos en el dorsal me sacaron de ese primer hoyo. Me vi obligado a decelerar el ritmo mucho, a pararme para beber agua y Gatorade en los puestos de avituallamiento instalados en cada milla y en los que jamás faltó nada. Pero cuando uno corre en Nueva York lo que tiene claro es que va a acabar, contra el sentido común y contra todas las señales de tu cuerpo.
Más de cinco kilómetros por la Primera Avenida de Manhattan y casi dos por el Bronx dan paso a la parte final del maratón, a esas cinco millas que discurren por la 5ª Avenida y Central Park. “Go, Manuel, go, you got it”, “Vamos Manuel, está hecho”. Tengo una nebulosa sobre esas últimas millas, en las que oí esas palabras en inglés y en castellano miles de veces, con todos los acentos posibles a miles de personas que se agolpaban en la parte final de la carrera. Creo que paré alguna vez, que acabé entrando a la meta con un compatriota al que me abracé al terminar, que cuando enfilé la milla 26, en la entrada de Central Park por Columbus Circle, sonaba Bon Jovi y canté a gritos Living on a prayer… Mi siguiente recuerdo es el de la voluntaria que me puso la medalla, tras cruzar la meta, diciéndome: “Congratulations” y arropándome con una manta térmica, mientras yo rompía a llorar porque sentía que había vuelto a nacer.
He llevado tres días esa medalla, que me acredita como Finisher del NYC Marathon. Me han felicitado otros corredores, camareros, recepcionistas de hoteles, dependientes de hoteles, policías… Una ciudad orgullosa de su maratón, que logra que cualquier globero como yo se sienta como un héroe. Thank you, New York. Always on my heart.
“Nos pasamos la vida danzando sobre una fina capa de hielo; debajo hace frío y nos espera una muerte rápida. El hielo no soporta el peso de algunas personas, que se hunden. Ése es el momento que me interesa. Si tenemos suerte, no ocurre nada y seguimos danzando. Si tenemos suerte”. Estas palabras son toda una declaración de intenciones y aparecen en el prólogo del fascinante Crímenes, un libro del abogado penalista alemán Ferdinand Von Schirach, al que considero, sin duda, uno de los hallazgos del año.
Crímenes cuenta once historias reales. Once historias que el autor conoce bien, gracias a su condición de abogado interviniente en todos los casos relatados. La selección es insuperable y me costaría elegir una de ellas como mi favorita: desde la primera –Fähner–, en la que se relata un hartazgo de más de medio siglo y su trágico final, hasta la tierna historia de El etíope, todos los personajes que desfilan por las páginas del libro son sensacionales, precisamente porque son de verdad y las cosas que hacen las han hecho en la realidad. Los que nos dedicamos al periodismo sucesos decimos muchas veces que no hay guionista de Hollywood, de HBO o autor de novela negra que pueda igualar a la realidad del mundo el crimen. Y este libro es la perfecta muestra de ello. El capítulo llamado El cuenco de té de Tanata da una idea de lo que quiero decir.
Von Schirach escribe de asesinatos, de robos, de enfermedades mentales –impresionantes los capítulos sobre desequilibrados: Amor y Verde– o hasta de muertes compasivas –El violonchelo–, pero escribe comn una sobriedad asombrosa, libre de cualquier adorno o artificio, como si quisiera, optando por esta vía, hacer aún más hincapié en que está hablando de la realidad, en la que no hay música de fondo ni adjetivaciones añadidas. Las frases de Von Schirach son como disparos: secas, cortas y los diálogos con sus protagonistas –muchas veces, clientes suyos– son demoledores. Un ejemplo:
– Quería comérmela.
– ¿A tu novia?
– Sï.
– ¿Por qué?
– Usted no la conoce, debería haberle visto la espalda. Tiene los omóplatos acabados en punta, la piel blanca y tersa.
El abogado Von Schirach no compadece a sus clientes, a los criminales, ni trata de abordar de manera compleja o profunda la realidad delincuencia. Solo quiere ponernos ante el espejo de esos criminales para demostrarnos, una vez más, aquello que dijo Simenon de que “un asesino es alguien exactamente igual a usted o yo instantes antes de cometer un crimen”.


