Bruce, lo has vuelto a hacer

Posted: 18/05/2012 in Varios

Uno no acaba de acostumbrarse a las eucaristías del rock en las que se convierten los conciertos de Bruce Springsteen. Llegas al estadio mirando con displicencia a los veinteañeros con pinta de acudir a su primer recital del Boss y te sientas en tu asiento reservado –ya pasó la época de estar en el césped– convencido de que verás algo que ha ya has visto. Desde mediados de los 80 escucho sus discos y acudo a sus conciertos. Un compañero de colegio me dejó el doble elepé de The River y en 1988 acudí vi por primera vez a Springsteen en directo. Era la época en la que se pasaba cuatro horas en el escenario, se escurría una esponja en sus partes y acababa el show con una inolvidable mezcla del Twist and shout y La Bamba. Desde entonces, le he visto con su banda, sin su banda, en Madrid y Barcelona, fundamentalmente. Así que ayer llegué al estadio Olímpico de Barcelona un punto resabiado, a la espera de escuchar un puñado de las canciones de Wrecking ball, que seguro mejoraría en directo, y con un un punto de tristeza por no ver al viejo Clarence Clemmons. No esperaba grandes novedades del resto del repertorio, pero anoche Bruce y los suyos me volvieron a dejar boquiabierto.
El arranque del concierto fue una declaración de intenciones: Badlands con todas las luces del estadio encendidas y sonando de manera muy sobria, sin los fuegos de artificio que han afeado una de las mejores canciones de su repertorio. La Telecaster del Boss, los baquetazos de Max y poco más en una desnuda y bellísima Badlands. Luego llegaron los temas más conocidos de Wrecking Ball, el que da título al disco y We take care... Cualquier canción del nuevo disco mejora en directo y en ellas cobró especial protagonismo una sección de viento poderosísima, en la que la estrella fue Jack, el sobrino del desparecido Big Man, al que el Boss se esforzó en hacer comulgar con la parroquia.

 

Un poderosísimo No surrender –qué pedazo de canción– sirvió para que el público se entregase de manera definitiva y diese continuidad a esa historia de amor que mantiene Bruce con la Ciudad Condal. Out in the street fue la canción elegida para que los de las primeras filas pudiesen tocar, oler y ver cara a cara a la estrella, que disfruta rozando su piel con la de sus fans. Pero anoche Bruce quería más. Además de volver a mostrarse como un tipo concienciado con los malos tiempos que corren, heredero de los Dylan, Browne y Segger, quería demostrar que tiene la mejor factoría de rock que hay sobre la tierra. Que las bajas de sus escuderos Dani Frederici y Clarence Clemmons no le afectan. Que Nils y Steve, sus dos guitarristas, pueden ocupar el protagonismo en la escena que tenía Big Man. Que Soozie, la violinista, es ya una pieza imprescindible, que mejora cada tema por el que pasa. Que es capaz de reclutar a unas coristas llegadas de lo más granado del gospel. Que el viejo profesor Roy Bittan puede aporrear el piano como lo hacía Bola de fuego. Y que Max, el batería, es uno de los mejores percusionistas que ha tenido el mundo del rock… Para dejar claro todo eso, Springsteen sonó anoche como hacía mucho que no lo había hecho: sonó a viejo rock and roll con You can look, Youngstown, Murder incoprorated y Johnny 99, temas que no suelen estar en sus giras y que ayer convirtió en piezas de colección.
Naturalmente llegó el momento de Waitin’ on a sunny day, la única canción que ha compuesto en los últimos veinte años a la que el público se entrega de manera absoluta, como lo hace con clásicos como The promise land o Hungry heart, que ayer también sonaron, intercalados con Death to my hometown, Jack of all trades, Rocky ground o Shacked and drawn, los temas de su último disco.
El caso de Springsteen debe ser único en la historia del rock. Ha hecho discos malos, como Tunnel of love, Lucky town, Human touch; discos regulares, como Working on a dream o este Wrecking ball; discos buenos, como The ghost of Tom Joad o The rising. Y ha hecho un puñado de obras maestras –The river, Darkness on the edge, Born in the USA, Born to run– que siguen siendo la base de sus recitales, o al menos la base que sirve para que sus seguidores enloquezcan y caigan rendidos, una vez más ante el Boss. Anoche eso pasó con un final de concierto –otra vez todas las luces del estadio encendidas– formado por un sobrio The River –también desnudo, sin sitares ni otros fuegos de artificio–, unas bellísimas Bobby Jean y Thunder Road –confieso mi absoluta debilidad por esas dos canciones– y Born to run, Born in the USA y Tenth Avennue, que sirvió de homenaje a Big Man. Así que la canción más moderna de ese apoteósico final data de… ¡1984!
Pero da igual. El Boss lo volvió a hacer. Me dejó boquiabierto y mirando, al final, con envidia, a esos chicos de las primeras filas tan entusiastas.

Los mismos directivos…

Posted: 29/04/2012 in periodismo

Esta semana, los dos periódicos más importantes de España, El País y El Mundo, anunciaron sendos expedientes de regulación de empleo, que afectarán, en el mejor de los casos, a doscientos profesionales de los dos medios. Es una noticia terrorífica –otra más– que llega después del cierre de otros diarios y de otros muchos recortes de plantillas, incluso en esos dos periódicos. Los argumentos esgrimidos por los responsables de las dos cabeceras son similares a los de otros medios en crisis: el modelo de negocio actual es insostenible, el descenso de ventas y la caída de la publicidad, la actual coyuntura económica… Y todos esos argumentos son ciertos. Se venden muchos menos periódicos, la inversión en publicidad se ha desplomado y, probablemente, sea muy difícil mantener en este contexto a gigantescas plantillas, creadas y pensadas para una época en la que los diarios superaban las cien páginas. Pero también es cierto que los responsables de las empresas editoras que ahora anuncian irremediables ERES son los mismos que hace tiempo decidieron que la calidad de sus productos era lo de menos. Por eso –prejubilaciones o despidos mediante– soltaron lastre de capital periodístico y se deshicieron de veteranos cocineros de periódicos, esos profesionales capaces de convertir un diario en algo brillantemente manufacturado, sin errores, con titulares precisos y bien escrito, aquellos tipos que tenían los planillos de cuatro ediciones en la cabeza y ejercían un férreo control de calidad, las verdaderas auctoritas de las redacciones.
Los mismos directivos que anuncian desastres para la prensa escrita fueron los que renunciaron a que en sus medios se contasen historias deshaciéndose de reporteros de verdad, de profesionales con la veteranía y el oficio suficientes como para elaborar noticias o reportajes propios, pero con sueldos lo suficientemente altos como para provocar reflexiones como aquella de un directivo de un gran periódico madrileño: “la diferencia entre un reportero vetarano y un becario es que el reportero trae seis buenas exclusivas al año. El resto de los días es igual que el becario, así que la diferencia de sueldo no compensa”. Así que esos mismos directivos llenaron sus redacciones de becarios o de periodistas baratos salidos de sus prósperos másters.
Esos mismos directivos convirtieron los periódicos en algo casi clónico, en soportes de las mismas noticias con diferentes enfoques, según la adscripción ideológica del medio. Porque los mismos directivos que hoy hablan de sacrificios fueron aquellos que hace mucho sacrificaron el interés de los lectores en beneficio del suyo propio y de sus empresas, llenando sus periódicos de opinadores de mayor o menor calidad, pero que respondían perfectamente a las exigencias de la empresa y de los intereses políticos y económicos a los que servía.
Los mismos directivos que anuncian el final del papel y el reinado de las ediciones digitales son los mismos que llevan más de una década buscando el maná de Internet, la máxima rentabilidad de un producto de masivo consumo, pero al que aún es muy difícil sacar dinero.
Los mismos directivos que hoy empiezan sus recortes cerrando delegaciones, corrieron a abrirlas hace años para repartirse con la prensa local la tarta de la publicidad institucional. Apenas importaba la actualidad de aquellos lugares, lo verdaderamente importante era captar los anuncios de los gobiernos locales y autonómicos. Esos mismos directivos se asociaron con empresarios locales y llegaron a acuerdos para cederse cabeceras y páginas hasta que, por ejemplo, alguno de ellos tuvo que cerrar su diario porque los trabajadores se enteraron de que jamás había pagado a la Seguridad Social por ellos…
Los mismos directivos que hoy convierten a sus profesionales en “sueldos brutos anuales” fueron los mismos que utilizaron a esos profesionales para convertir sus medios en trincheras en las que morían, no ellos, sino los periodistas. Son los mismos que transformaron los periódicos en armas arrojadizas o en sillones de masajes para políticos de uno y otro partido.
Los mismos directivos que hoy hablan de la insostenibilidad del actual modelo de negocio son los mismos que decidieron, en la época de las vacas gordas, que su modelo de negocio pasaba por la televisión. Querían dejar de ser editores –palabra en desuso por la extinción de ejemplares– para convertirse en magnates de la televisión y ampliar su influencia política y social gracias a ese medio. Pero sus negocios fueron ruinosos y dejaron sus compañías llenas de deudas y el INEM lleno de periodistas en paro.
No sé hacia dónde va el periodismo, ni de quién es la culpa de la situación en la que estamos. Pero cuando la historia juzgue lo ocurrido, que no olvide que las decisiones, entonces y ahora, no eran de los profesionales, sino de esos mismos directivos.

Estos días se pone a la venta El club de los pringaos, el nuevo libro de Daniel Montero. Tengo el privilegio de trabajar en la redacción de Interviú junto a Daniel e incluso he firmado varios reportajes con él. Así que he tenido la posibilidad de leer algunos capítulos de su nuevo libro mientras el volumen se acababa de cocinar. La lectura me ha confirmado lo que ya sabía: Daniel Montero lleva en su ADN profesional las células de una especie en extinción, el reportero, ese profesional de la información cuya única servidumbre es la de buscar la verdad, sin hipotecas ni ataduras de ninguna clase, sin ninguna carga ideológica, solo con la obsesión de contar la realidad para brindársela a los únicos ante quien responde: sus lectores.
Hablaré algo de El club de los pringaos, aunque sin destripar el libro. Daniel presenta en estas páginas un panorama que da toda clase de motivos para la indignación de los que, por lo civil o por lo criminal, pagamos religiosamente nuestros impuestos. Daniel pone sobre en negro sobre blanco los privilegios de las grandes empresas, de la clase política –de los que ya dio debida cuenta en La casta, su primer libro–, la hipocresía de quienes dicen perseguir el dinero negro y le abrieron las puertas y le pusieron alfombra roja para financiar servicios básicos. Daniel no tiene reparos en hablar de España como un paraíso fiscal para las multinacionales o de señalar a ilustres titulares de SICAV, ese invento para que las grandes fortunas apenas tributen y entre cuyos tenedores hay hasta miembros de la familia real española… En fin, el libro es más que recomendable, aunque las conclusiones que saquemos sirvan para tratar de ser los próximos protagonistas de un Españoles por el mundo...
Decía al principio que tengo el privilegio de trabajar con Daniel Montero y no es una frase hecha. Montero es un periodista enorme, uno de esos tipos que entiende este oficio casi como un sacerdocio, en el que solo tienen cabida, además del periodismo, sus citas con el rock and roll. Dani es capaz de encontrar el dato preciso en una montaña de papeles o de analizar un balance de cuentas en lo que para el común de los mortales no es más que una ilegible ensalada de números. He visto a Dani perseverar como pocos en sus búsquedas, perseguir a sus presas, ir de despacho en despacho o llamar a cientos de teléfonos hasta que ha dado con quien buscaba. He comprobado como Daniel ha encontrado los datos registrales de una casa en el último confín del planeta o como ha seguido el rastro de una sociedad mercantil por Liechtenstein, Bahamas, Gibraltar… hasta acabar en un despacho madrileño. Me he reído cuando he visto los cuestionarios de imposibles respuestas que envía a aquellos a los que va a hacer un traje antes de publicar la información para darles la oportunidad de rebatir sus irrebatibles informaciones. Su tenacidad, sus conocimientos y su dedicación a este oficio me abruman –a mí y hasta a los profesionales dedicados a la lucha contra la delincuencia económica, que alguna vez le han pedido ayuda–, pero confieso que de cuando en cuando le observo desde mi mesa y veo en él aquellas viejas reglas y aquellos códigos que los maestros de esto me enseñaron que tenía que cumplir un reportero.
Así que, creedme. Cualquier trabajo de Daniel Montero tiene el sello de eso que, como dice Cruz Morcillo, llamaban periodismo. El club de los pringaos no es una excepción.

Ser víctima en España

Posted: 06/04/2012 in asesinato

¿Son 21 años de cárcel castigo suficiente para alguien que viola y mata a una niña de nueve años? Hay quien dirá que sí, que nuestro Código Penal y nuestra Ley de Enjuiciamiento Criminal están entre las más duras de nuestro entorno, que 21 años sin pisar la calle es una condena suficientemente dura para que hasta el peor asesino pueda regresar a la sociedad; otros dirán que no, que la única condena posible para alguien que viola y mata a una niña es la cadena perpetua o la pena de muerte…
No sé cuál de las dos posturas está más cerca de la estricta justicia, pero sí tengo claro que 21 años de prisión para José Franco de la Cruz, alias El Boca, no son condena suficiente. El Boca violó y mató en 1991 en Huelva a Ana María Jerez Cano, una niña de nueve años, amiga de una familiar del propio asesino. Esta semana salió de prisión, ya que la Audiencia de Huelva estimó que en su caso no se podía aplicar la doctrina Parot –consistente en aplicarle los beneficios penitenciarios descontando desde la totalidad de los 44 años de su condena y no desde los 30 años, el tiempo máximo que alguien puede pasar en prisión– y que, por tanto, no pasaría nueve años más entre rejas. Seguramente ayudó a esa absurda e injusta decisión que el fiscal –representante del Ministerio Público y encargado de velar también por usted y por mí– presentase su recurso contra la puesta en libertad del criminal exactamente un día antes de la fecha fijada para su salida de prisión. Está claro que alguien no hizo su trabajo. Hay criminales de corte muy similar a El Boca a los que sí se les aplicó la doctrina Parot: Valentín Tejero –asesino de Olga Sangrador– o Miguel Ricart –culpable de las muertes de las niñas de Alcásser– son los dos casos que me vienen a la cabeza.
Jose Franco no ha salido ni un solo día de permiso durantes estos 21 años, lo que indica que no ha tenido una buena evolución. De hecho, no se ha sometido a ninguna terapia ni tratamiento para dejar atrás al depredador sexual despiadado que era cuando entró en la cárcel. Pero si había alguna duda, las imágenes y las declaraciones de Franco saliendo de prisión dejan claro que ese individuo necesita unos cuantos años más de prisión, seguramente más de los nueve que iba a estar en el mejor de los casos. Salió negando su culpabilidad, diciendo que no se tenía que arrepentir de nada porque no había hecho nada, altanero y desafiante con los periodistas que le esperaban, hablando de que había estado encerrado 21 años “por la cara”. Posiblemente, El Boca hubiese merecido esa cadena perpetua (revisable) que propuso el ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón.
Al margen de su tratamiento penal y penitenciario, quiero fijarme en el tratamiento que la sociedad entera damos a las víctimas de José Franco y de criminales similares. El viernes coincidí con Adoración Cano, la madre de Ana María Jerez. Es una mujer que se siente, con toda la razón, maltratada. Maltratada por unos jueces que se han permitido el lujo en alguna ocasión de echarla de sus despachos; maltratada por un fiscal que no ha hecho su trabajo como debía; maltratada por una justicia que, como toda reparación a la puesta en libertad del hombre que mató a su hija sin haber cumplido ni la mitad de la condena, dicta una irrisoria orden de alejamiento y a la vez le cita en la Audiencia de Huelva para que informe de su paradero…
Se tardó muchos años en España hasta que las víctimas del terrorismo tuvieron el lugar que merecían en nuestra sociedad: respeto, reconocimiento, justas reparaciones, atención de todo tipo… Salvo excepciones, como el vomitivo trato que algunos medios de comunicación dan a las víctimas del 11-M o la repugnante actitud de los herederos de Batasuna con las víctimas de ETA, los que han sido golpeados por el terrorismo no están desamparados ni maltratados ni amenazados. Aún no he entendido la razón por la que ese enorme avance que se hizo con las víctimas del terrorismo no ha ido paralelo al de las víctimas de delitos violentos, que siguen siendo la gran asignatura pendiente de nuestra sociedad.
La opinión pública conoce unos pocos caso al año de estas víctimas maltratadas. Se convierten en caras conocidas y todos empatizamos con ellos. Incluso los políticos se reúnen y se fotografían con ellos y hasta les nombran asesores, como a Juan José Cortés, el padre de Mariluz, la niña asesinada por Santiago del Valle. Él, los padres de Marta del Castillo, la madre de Sandra Palo… Son los rostros de una tragedia que es mucho mayor. En los más de veinte años que llevo dedicados al periodismo de sucesos he conocido a muchas familias arrasadas por la pérdida de un familiar en un crimen. Los medios nos acercamos a ellos mientras dan lectores, audiencia… Pero cuando los focos se apagan, nadie se ocupa de ellos. Ni los medios, ni las administraciones, ni la sociedad. Y cuando llega el día –siempre llega– en el que tienen que ver a los que les privaron de ver crecer o envejecer a sus familiares se impone esa sensación de maltrato, de desamparo. Y por mucha fotografía que se hagan los políticos con ellos, ninguno de esos representantes de la soberanía popular se ha puesto a legislar de verdad para proteger a las víctimas.
Vivimos, afortunadamente, en un sistema de libertades con una justicia garantista, en la que nadie puede ser detenido, procesado o condenado sin las garantías suficientes. Y así debe seguir siendo. Cualquier reo debe gozar de todos los derechos posibles. Pero hace tiempo que tengo la sensación de que ese mismo garantismo debía llegar hasta las víctimas, que hoy carecen, cuanto menos, del trato adecuado. Eso no es ningún recorte de libertades, el mantra al que permanentemente se agarran los talibanes del garantismo.
José Franco está en la calle desde hace unos días. Es un hombre libre. Salvo en Huelva, puede vivir donde quiera. También junto a su casa, aunque usted tenga niñas menores. Nadie puede evitarlo, si siquiera usted tiene derecho a saberlo. Eso sí sería un recorte de libertades. De las del asesino, claro.

Gracias, Javier Espinosa

Posted: 30/03/2012 in periodismo

“De esta crisis sacaremos una parte positiva: los periodistas nos daremos cuenta de que parte de la culpa fue nuestra. Nos creímos, en nuestra arrogancia, ser el cuarto poder. Y no somos nadie, solo somos meros transmisores, no somos showmen como algunos se creen, sino meros correos”. Javier Espinosa, reportero del diario El Mundo, dijo estas palabras tras recibir el Premio Internacional de Periodismo Manu Leguineche. Solo esas palabras y el concepto que de este oficio traslucen le hacen merecedor de cualquier premio y le convierten en uno de los mejores referentes de esta profesión para los que estamos aún en activo y, sobre todo, para los que quieren convertirse en periodistas. Javier tiene sobrada autoridad para hablar así de su trabajo. Lo ha demostrado muchas veces a lo largo de sus más de dos décadas de profesión. La última, hace apenas unas semanas, cuando dos compañeros que estaban a pocos metros de él murieron a consecuencia de un bombardeo en Homs (Siria). Su crónica de ese suceso es un ejemplo de aquella afortunada expresión que dio título al libro de otro maestro de reporteros, Ramón Lobo, El héroe inexistente: leyendo a Javier daba la impresión de que había limpiado los cascotes de su portátil, se había sacudido el polvo y se había puesto a escribir con los cuerpos aún calientes de sus colegas. Y en la crónica no había una sola línea dedicada a él mismo.
Poco después, Javier Espinosa volvió a estar muy cerca de la muerte. Logró abandonar Homs cuando hasta el infame régimen sirio le daba por muerto. En sus crónicas no se dedicó ni una palabra a él mismo, nos contaba cómo los rebeldes se jugaban la vida para ayudar a los reporteros y nos hacía reflexionar sobre una máxima que es una constante en los escritos de Javier: él y el resto de reporteros abandonaban Siria y se irían a descansar a hoteles o a casas pagadas por sus medios, pero los sirios estaban condenados a quedarse allí y su historia, la de esos sirios, es la que hay que contar. Hace muchos años, Javier me dijo una frase que he transmitido a todos los alumnos y compañeros noveles que he tenido: “A tus lectores no les interesa nada saber si para llegar hasta donde has llegado has pasado hambre, frío o había barro o francotiradores en la carretera. Ese es tu trabajo, llegar allí y contar qué pasa”. Y ese es el trabajo de Javier: llegar, escuchar y contar lo que ocurre. Así lo hizo en las guerras del Golfo, en Yugoslavia, en Irak, en Sierra Leona –donde pasó dos días secuestrado–, en Afganistán… Y siempre con una honradez, una profesionalidad y un rigor extraordinarios, sin dar un solo metro a la autocomplacencia y sin apartar el foco de los verdaderos protagonistas de la historia, los hombres, mujeres y niños que se ven envueltos en los conflictos.
Conocí a Javier en el verano de 1987 en la vieja redacción del diario Ya, en la calle Mateo Inurria. Formábamos parte de la hornada de periodistas de prácticas –entonces no nos llamábamos becarios– de aquel año: Juan Carlos Serrano, Javier Espinosa, Techu Baragaño y yo. Juan Carlos y yo fuimos asignados al suplemento de verano; Techu, a maquetación  y Javier a la sección de televisión: picaba la parrilla de la programación y elaboraba informaciones de esa sección con el mismo rigor con el que cuenta ahora los horrores de la guerra. Vivía en un pequeño apartamento muy cerca de la redacción y allí llevaba todos los días decenas de páginas de las secciones de Internacional de periódicos españoles y extranjeros que leía y subrayaba en sus horas libres. Recuerdo bien los recortes de las crónicas de Robert Fisk en The Independent llenos de trazos de rotulador… Javier Espinosa siempre fue un enamorado de su profesión y siempre quiso ser reportero de guerra. Se preparó para ello, estudió árabe, lo sabía todo acerca de conflictos y relaciones internacionales, se suscribió a varias publicaciones extranjeras, se compró un buen equipo fotográfico y mientras, seguía haciendo con total profesionalidad  sus parrillas de televisión y metiendo la nariz en todas las secciones en las que podía y le dejaban, como hacíamos toda esa pandilla de niñatos hambrientos de periodismo llegados a la entrañable redacción de Mateo Inurria. Pero Javier siempre tuvo algo especial, un don y una entrega que le han convertido en quien es hoy: uno de los mejores reporteros del mundo.

Pronto dejó el diario Ya para irse a la revista Época, donde comenzó a ser reportero de guerra. En el invierno de 1992 coincidimos en la guerra de Bosnia-Herzegovina. Él trabajaba para Época y yo para Ya. Javier llegó a Jablanica –una de las sedes de los acuartelamientos españoles– desde España a bordo de un  viejo Seat 127, al que dimos el certificado de defunción en una helada calle de Sarajevo. Aquellas semanas en la capital bosnia junto a Javier, a Santiago Lyon, a Julio Fuentes… aprendí más periodismo que en todos los años que llevaba estudiando y ejerciendo. Las lecciones eran diarias y constantes. No volví a coincidir con Javier: yo me dediqué al reporterismo de sucesos y él continuó siendo reportero de guerra. Durante estos últimos veinte años, cada vez que leo una de sus crónicas, recibo una nueva lección. Gracias, socio.

Hoy es 11 de marzo

Posted: 11/03/2012 in 11-M

Hoy es 11 de marzo, una fecha que para mí está marcada en el calendario. Cada año vuelvo a esa mañana, a esas imágenes, a la tristeza que me dejó paralizado. Recuerdo perfectamente que esa noche lloré cuando acosté a mis hijos, pensando que ahí fuera había gente dispuesta a hacernos un enorme daño. Recuerdo los días siguientes, las primeras detenciones, el trabajo sin descanso de la policía, la sarta de mentiras lanzadas desde Moncloa, la jornada de Liga que nunca debió celebrarse, las nada espontáneas manifestaciones cercando la sede del PP, las elecciones, el 3 de abril, el asesinato del geo Javier Torronteras, la satisfacción de ver muertos a los terroristas… Pero, por encima de todo, recuerdo la tristeza de aquellos días que vuelve cada 11 de marzo. O que vuelve cada vez que regreso en AVE a Madrid y veo las flores de la calle Téllez. O que vuelve cuando corro por el Retiro y se me hace un nudo en la garganta cuando paso por el Bosque del Recuerdo…
Ocho años después, sigo teniendo motivos para la tristeza. Ocho años después, mi país es incapaz de mantenerse unido en la conmemoración de una tragedia como la del 11 de marzo, el peor ataque terrorista sufrido jamás en Europa. Las víctimas siguen divididas, solo un miembro del Gobierno –Alberto Ruiz-Gallardón– ha anunciado su presencia en los actos que recuerdan los atentados, los sindicatos han elegido el día de hoy para manifestarse contra el Gobierno y el atentado sigue siendo usado como herramienta política. Mi tristeza hoy aumenta porque soy periodista y creo que mi profesión dio lo peor de sí misma con ocasión del 11-M. Muchos profesionales fueron represaliados por negarse a mantener doctrinas oficiales y a otros, su postura de firmeza les supuso un alto coste. En Telemadrid y en ABC saben de lo que hablo. El 11 de marzo sirvió para que algunos pseudoperiodistas que en otros países no serían más que friquis hayan tenido tribunas en periódicos de tirada nacional, solo porque servían para alimentar las teorías conspiranoicas. Todavía hoy me he encontrado alguna portada destinada a sembrar la duda, basándose en una irrisoria encuesta que pregunta, por ejemplo, si ha quedado claro qué explosivo se utilizó en los atentados. Estoy seguro de que en EEUU la mayor parte de la población no sabe qué modelos de aviones se estrellaron contra el World Trade Center el 11 de septiembre de 2001 y no por eso se quiere echar por tierra todo lo investigado.
Aquel united we stand que surgió tras el 11 de septiembre en EEUU me sigue provocando una enorme envidia. El país entero se unió en torno a las víctimas, los atentados –pese a que, como en España, estuvieron precedidos de muchos errores de los servicios de información– no sirvieron como arma arrojadiza política y todos los norteamericanos tuvieron claro quién era el enemigo: unos tipos que, como hicieron luego en Madrid y en Londres, querían acabar con el sistema de valores en el que vivimos en esta parte del mundo. Unos tipos que, como Jamal Zougam –ese terrorista al que ahora se nos quiere presentar como un pobre inmigrante, víctima de una conspiración pergeñada, entre otros, por dos mujeres que sufrieron las consecuencias de las bombas–, aborrecen nuestro modo de vida, odian la democracia, la igualdad entre hombres y mujeres, la separación entre las leyes divinas y las del hombre…
Siento tristeza cuando pienso en Laura, una mujer que está en coma irreversible desde hace ocho años y que un periódico, el mismo de siempre, osó fotografiar y enseñar en su cama en una repugnante muestra de pornografía del dolor; siento tristeza al recordar a Javier Torronteras, el geo asesinado en Leganés, al que los amigos de los terroristas profanaron su tumba y al que algunos mal nacidos profanaron su memoria, insinuando que en el piso de Leganés nunca hubo terroristas vivos y que el inspector Torronteras fue una baja necesaria para que la conspiración cuadrase; siento tristeza al ver vapuleados a todos aquellos –policías, guardias civiles, funcionarios judiciales, jueces, fiscales– que se dejaron una parte de su vida para que España pudiese juzgar a los terroristas que participaron en la matanza y a los que se les paga con portadas como la que antes he recordado; siento tristeza cuando veo germinar la semilla del islamismo más radical en mezquitas de toda España y soy rápidamente tildado de islamófobo por los amantes de la alianza de civilizaciones cuando aviso de ello… Hoy es 11 de marzo. Y hoy, más que nunca, me gustaría vivir en un país que hoy solo recordase a sus víctimas.

Si Lorenzo Silva y Paco Camarasa –propietario de la librería Negra y Criminal– coinciden a la hora de recomendar una novela negra, el margen de error es casi nulo: será una novela formidable. Así que comencé No llames a casa con la seguridad de que me iba a gustar. Tras acabarla, puedo decir que es sensacional, una de esas novelas imprescindibles para los amantes del género.
Carlos Zanón crea en este libro un mundo literario propio, original y clamorosamente desnudo, sin artificios. En su novela no hay policías, ni detectives, ni guardias civiles, ni mossos… Solo media docena de personajes banales, vulgares y tan reales que le hacen a uno revolverse en el sofá cuando se reconoce en uno de ellos.
La novela está escrita en dos planos, habla de dos mundos que arrancan en paralelo y, evidentemente, se acaban cruzando: el de Merche y Max, dos amantes furtivos. Pocas veces he visto la infidelidad tan bien retratada como en esta novela: los polvos a deshoras, el cínico remordimiento para con la pareja, la exigencia al amante que no acaba de separarse, el sexo como venganza hacia el marido engañado… La segunda trama está protagonizada por tres personajes del lumpen barcelonés: Raquel, Cristian y Bruno. Todos forman una sociedad muy saneada, gracias a las sencillas, pero eficaces extorsiones a las que se dedican. Son personajes redondos, dibujados con toda crudeza: tienen el hígado destrozado, cagan, follan sin ningún romanticismo… No tienen escrúpulos ni empatía alguna con sus víctimas, pero son capaces de amar y de proteger a los suyos como cualquier honrado padre de familia.
Zanón nos introduce en un mundo que está aquí al lado, en cualquier ciudad de España, donde hay personajes como los de su novela, donde es imposible distinguir a los buenos de los malos. Hombres y mujeres que sobreviven, que toman decisiones equivocadas, que emprenden huidas hacia delante… Está ahí fuera, pero mejor, lean No llames a casa para conocerlo. Y disfruten de la primera a la última página. Sobre todo, disfruten de ese desenlace que te hace decir en voz alta: “Joder, qué bueno es este tío”. Lo dicho: de mayor quiero contar historias como las cuenta Carlos Zanón.