Uno no acaba de acostumbrarse a las eucaristías del rock en las que se convierten los conciertos de Bruce Springsteen. Llegas al estadio mirando con displicencia a los veinteañeros con pinta de acudir a su primer recital del Boss y te sientas en tu asiento reservado –ya pasó la época de estar en el césped– convencido de que verás algo que ha ya has visto. Desde mediados de los 80 escucho sus discos y acudo a sus conciertos. Un compañero de colegio me dejó el doble elepé de The River y en 1988 acudí vi por primera vez a Springsteen en directo. Era la época en la que se pasaba cuatro horas en el escenario, se escurría una esponja en sus partes y acababa el show con una inolvidable mezcla del Twist and shout y La Bamba. Desde entonces, le he visto con su banda, sin su banda, en Madrid y Barcelona, fundamentalmente. Así que ayer llegué al estadio Olímpico de Barcelona un punto resabiado, a la espera de escuchar un puñado de las canciones de Wrecking ball, que seguro mejoraría en directo, y con un un punto de tristeza por no ver al viejo Clarence Clemmons. No esperaba grandes novedades del resto del repertorio, pero anoche Bruce y los suyos me volvieron a dejar boquiabierto.
El arranque del concierto fue una declaración de intenciones: Badlands con todas las luces del estadio encendidas y sonando de manera muy sobria, sin los fuegos de artificio que han afeado una de las mejores canciones de su repertorio. La Telecaster del Boss, los baquetazos de Max y poco más en una desnuda y bellísima Badlands. Luego llegaron los temas más conocidos de Wrecking Ball, el que da título al disco y We take care... Cualquier canción del nuevo disco mejora en directo y en ellas cobró especial protagonismo una sección de viento poderosísima, en la que la estrella fue Jack, el sobrino del desparecido Big Man, al que el Boss se esforzó en hacer comulgar con la parroquia. 
Un poderosísimo No surrender –qué pedazo de canción– sirvió para que el público se entregase de manera definitiva y diese continuidad a esa historia de amor que mantiene Bruce con la Ciudad Condal. Out in the street fue la canción elegida para que los de las primeras filas pudiesen tocar, oler y ver cara a cara a la estrella, que disfruta rozando su piel con la de sus fans. Pero anoche Bruce quería más. Además de volver a mostrarse como un tipo concienciado con los malos tiempos que corren, heredero de los Dylan, Browne y Segger, quería demostrar que tiene la mejor factoría de rock que hay sobre la tierra. Que las bajas de sus escuderos Dani Frederici y Clarence Clemmons no le afectan. Que Nils y Steve, sus dos guitarristas, pueden ocupar el protagonismo en la escena que tenía Big Man. Que Soozie, la violinista, es ya una pieza imprescindible, que mejora cada tema por el que pasa. Que es capaz de reclutar a unas coristas llegadas de lo más granado del gospel. Que el viejo profesor Roy Bittan puede aporrear el piano como lo hacía Bola de fuego. Y que Max, el batería, es uno de los mejores percusionistas que ha tenido el mundo del rock… Para dejar claro todo eso, Springsteen sonó anoche como hacía mucho que no lo había hecho: sonó a viejo rock and roll con You can look, Youngstown, Murder incoprorated y Johnny 99, temas que no suelen estar en sus giras y que ayer convirtió en piezas de colección.
Naturalmente llegó el momento de Waitin’ on a sunny day, la única canción que ha compuesto en los últimos veinte años a la que el público se entrega de manera absoluta, como lo hace con clásicos como The promise land o Hungry heart, que ayer también sonaron, intercalados con Death to my hometown, Jack of all trades, Rocky ground o Shacked and drawn, los temas de su último disco. 
El caso de Springsteen debe ser único en la historia del rock. Ha hecho discos malos, como Tunnel of love, Lucky town, Human touch; discos regulares, como Working on a dream o este Wrecking ball; discos buenos, como The ghost of Tom Joad o The rising. Y ha hecho un puñado de obras maestras –The river, Darkness on the edge, Born in the USA, Born to run– que siguen siendo la base de sus recitales, o al menos la base que sirve para que sus seguidores enloquezcan y caigan rendidos, una vez más ante el Boss. Anoche eso pasó con un final de concierto –otra vez todas las luces del estadio encendidas– formado por un sobrio The River –también desnudo, sin sitares ni otros fuegos de artificio–, unas bellísimas Bobby Jean y Thunder Road –confieso mi absoluta debilidad por esas dos canciones– y Born to run, Born in the USA y Tenth Avennue, que sirvió de homenaje a Big Man. Así que la canción más moderna de ese apoteósico final data de… ¡1984!
Pero da igual. El Boss lo volvió a hacer. Me dejó boquiabierto y mirando, al final, con envidia, a esos chicos de las primeras filas tan entusiastas.


Esta semana, los dos periódicos más importantes de España, El País y El Mundo, anunciaron sendos expedientes de regulación de empleo, que afectarán, en el mejor de los casos, a doscientos profesionales de los dos medios. Es una noticia terrorífica –otra más– que llega después del cierre de otros diarios y de otros muchos recortes de plantillas, incluso en esos dos periódicos. Los argumentos esgrimidos por los responsables de las dos cabeceras son similares a los de otros medios en crisis: el modelo de negocio actual es insostenible, el descenso de ventas y la caída de la publicidad, la actual coyuntura económica… Y todos esos argumentos son ciertos. Se venden muchos menos periódicos, la inversión en publicidad se ha desplomado y, probablemente, sea muy difícil mantener en este contexto a gigantescas plantillas, creadas y pensadas para una época en la que los diarios superaban las cien páginas. Pero también es cierto que los responsables de las empresas editoras que ahora anuncian irremediables ERES son los mismos que hace tiempo decidieron que la calidad de sus productos era lo de menos. Por eso –prejubilaciones o despidos mediante– soltaron lastre de capital periodístico y se deshicieron de veteranos cocineros de periódicos, esos profesionales capaces de convertir un diario en algo brillantemente manufacturado, sin errores, con titulares precisos y bien escrito, aquellos tipos que tenían los planillos de cuatro ediciones en la cabeza y ejercían un férreo control de calidad, las verdaderas auctoritas de las redacciones.
Estos días se pone a la venta El club de los pringaos, el nuevo libro de Daniel Montero. Tengo el privilegio de trabajar en la redacción de Interviú junto a Daniel e incluso he firmado varios reportajes con él. Así que he tenido la posibilidad de leer algunos capítulos de su nuevo libro mientras el volumen se acababa de cocinar. La lectura me ha confirmado lo que ya sabía: Daniel Montero lleva en su ADN profesional las células de una especie en extinción, el reportero, ese profesional de la información cuya única servidumbre es la de buscar la verdad, sin hipotecas ni ataduras de ninguna clase, sin ninguna carga ideológica, solo con la obsesión de contar la realidad para brindársela a los únicos ante quien responde: sus lectores.
¿Son 21 años de cárcel castigo suficiente para alguien que viola y mata a una niña de nueve años? Hay quien dirá que sí, que nuestro Código Penal y nuestra Ley de Enjuiciamiento Criminal están entre las más duras de nuestro entorno, que 21 años sin pisar la calle es una condena suficientemente dura para que hasta el peor asesino pueda regresar a la sociedad; otros dirán que no, que la única condena posible para alguien que viola y mata a una niña es la cadena perpetua o la pena de muerte…
“De esta crisis sacaremos una parte positiva: los periodistas nos daremos cuenta de que parte de la culpa fue nuestra. Nos creímos, en nuestra arrogancia, ser el cuarto poder. Y no somos nadie, solo somos meros transmisores, no somos showmen como algunos se creen, sino meros correos”. Javier Espinosa, reportero del diario El Mundo, dijo estas palabras tras recibir el Premio Internacional de Periodismo Manu Leguineche. Solo esas palabras y el concepto que de este oficio traslucen le hacen merecedor de cualquier premio y le convierten en uno de los mejores referentes de esta profesión para los que estamos aún en activo y, sobre todo, para los que quieren convertirse en periodistas. Javier tiene sobrada autoridad para hablar así de su trabajo. Lo ha demostrado muchas veces a lo largo de sus más de dos décadas de profesión. La última, hace apenas unas semanas, cuando dos compañeros que estaban a pocos metros de él murieron a consecuencia de un bombardeo en Homs (Siria).
Hoy es 11 de marzo, una fecha que para mí está marcada en el calendario. Cada año vuelvo a esa mañana, a esas imágenes, a la tristeza que me dejó paralizado. Recuerdo perfectamente que esa noche lloré cuando acosté a mis hijos, pensando que ahí fuera había gente dispuesta a hacernos un enorme daño. Recuerdo los días siguientes, las primeras detenciones, el trabajo sin descanso de la policía, la sarta de mentiras lanzadas desde Moncloa, la jornada de Liga que nunca debió celebrarse, las nada espontáneas manifestaciones cercando la sede del PP, las elecciones, el 3 de abril, el asesinato del geo Javier Torronteras, la satisfacción de ver muertos a los terroristas… Pero, por encima de todo, recuerdo la tristeza de aquellos días que vuelve cada 11 de marzo. O que vuelve cada vez que regreso en AVE a Madrid y veo las flores de la calle Téllez. O que vuelve cuando corro por el Retiro y se me hace un nudo en la garganta cuando paso por el Bosque del Recuerdo…