
Los padres de Marta del Castillo son víctimas. Probablemente son las víctimas más víctimas de cuantas he conocido en estos años de ejercicio. Hace más de cuatro años que les arrebataron a su hija Marta y desde entonces, una pandilla de niñatos no ha hecho otra cosa que jugar con su dolor de manera repugnante, con el único objetivo, primero, de salir lo mejor parados posibles y ahora, de ajustar cuentas. Y como víctimas que son, están en todo su derecho de decir lo que les dé la gana. Antonio del Castillo publicó ayer un comunicado en el que le pregunta al juez si ya no está interesado en conocer la verdad. Él y Eva Casanueva, su mujer, se habían aferrado a la nueva versión de Miguel Carcaño como a un clavo ardiendo. Querían creer que Francisco Javier Delgado había matado a su hija y que estaba enterrada en La Rinconada. Insisto, como víctimas que son, están en su derecho de creer y de decir lo que les venga en gana. Sobre todo en un país que se caracteriza por el penoso trato que se da a las víctimas, ya sea de crímenes o de accidentes como el del metro de Valencia, un paradigma perfecto de lo que se puede esperar de las autoridades políticas en estos casos.
En el crimen de Marta del Castillo muchos no hicieron bien su trabajo desde las primeras horas. La policía gestionó mal esos primeros momentos, claves en cualquier pesquisa. Las rencillas entre la Brigada de Policía Judicial de Sevilla y la Comisaría General provocaron agujeros que luego no se pudieron tapar. La Fiscalía y la acusación particular cometieron errores de bulto durante los procesos, sobre todo en el de El Cuco. Esos errores fueron abriendo aún más la herida de la familia de Marta, que no ha dejado de sangrar y a la que el juez echó sal el pasado viernes con el auto que archivaba la supuesta implicación de Javier Delgado en el crimen. En un auto un tanto sobreactuado, el juez Francisco de Asís Molina repartía estopa a diestro y siniestro, especialmente a la policía. Sorprendente que el primer varapalo a la policía llegue cuando, precisamente, están haciendo todo lo posible por encontrar el cuerpo de Marta y cerrar esa herida. El magistrado abroncaba a la policía por haber dado crédito a la nueva versión de Carcaño y, eso sí, les decía que busquen por su cuenta el cuerpo de la víctima. Estoy seguro de que los agentes de Sevilla no cejarán en ese empeño.
No sé si había demasiada base para creer a Carcaño. Aunque lo cierto es que el fiscal no se tomó ni una molestia por comprobarlo –el interrogatorio a Delgado no llega ni siquiera a la categoría de trámite– pero lo cierto es que Miguel Carcaño es un tipo que fue capaz de decir que había violado a Marta con el único propósito de evitar a un jurado. Y esa versión fue la que se creyó y recogió en su apartado de hechos probados la acusación particular, es decir, la familia de Marta. La misma familia que ha querido creer que Marta murió por defender a Carcaño. Y que creerá cualquier cosa en la que vean la posibilidad de paliar el insoportable dolor que arrastran desde hace cuatro años.
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El insoportable dolor de la familia de Marta del Castillo
Ser víctima en España
¿Son 21 años de cárcel castigo suficiente para alguien que viola y mata a una niña de nueve años? Hay quien dirá que sí, que nuestro Código Penal y nuestra Ley de Enjuiciamiento Criminal están entre las más duras de nuestro entorno, que 21 años sin pisar la calle es una condena suficientemente dura para que hasta el peor asesino pueda regresar a la sociedad; otros dirán que no, que la única condena posible para alguien que viola y mata a una niña es la cadena perpetua o la pena de muerte…
No sé cuál de las dos posturas está más cerca de la estricta justicia, pero sí tengo claro que 21 años de prisión para José Franco de la Cruz, alias El Boca, no son condena suficiente. El Boca violó y mató en 1991 en Huelva a Ana María Jerez Cano, una niña de nueve años, amiga de una familiar del propio asesino. Esta semana salió de prisión, ya que la Audiencia de Huelva estimó que en su caso no se podía aplicar la doctrina Parot –consistente en aplicarle los beneficios penitenciarios descontando desde la totalidad de los 44 años de su condena y no desde los 30 años, el tiempo máximo que alguien puede pasar en prisión– y que, por tanto, no pasaría nueve años más entre rejas. Seguramente ayudó a esa absurda e injusta decisión que el fiscal –representante del Ministerio Público y encargado de velar también por usted y por mí– presentase su recurso contra la puesta en libertad del criminal exactamente un día antes de la fecha fijada para su salida de prisión. Está claro que alguien no hizo su trabajo. Hay criminales de corte muy similar a El Boca a los que sí se les aplicó la doctrina Parot: Valentín Tejero –asesino de Olga Sangrador– o Miguel Ricart –culpable de las muertes de las niñas de Alcásser– son los dos casos que me vienen a la cabeza.
Jose Franco no ha salido ni un solo día de permiso durantes estos 21 años, lo que indica que no ha tenido una buena evolución. De hecho, no se ha sometido a ninguna terapia ni tratamiento para dejar atrás al depredador sexual despiadado que era cuando entró en la cárcel. Pero si había alguna duda, las imágenes y las declaraciones de Franco saliendo de prisión dejan claro que ese individuo necesita unos cuantos años más de prisión, seguramente más de los nueve que iba a estar en el mejor de los casos. Salió negando su culpabilidad, diciendo que no se tenía que arrepentir de nada porque no había hecho nada, altanero y desafiante con los periodistas que le esperaban, hablando de que había estado encerrado 21 años “por la cara”. Posiblemente, El Boca hubiese merecido esa cadena perpetua (revisable) que propuso el ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón.
Al margen de su tratamiento penal y penitenciario, quiero fijarme en el tratamiento que la sociedad entera damos a las víctimas de José Franco y de criminales similares. El viernes coincidí con Adoración Cano, la madre de Ana María Jerez. Es una mujer que se siente, con toda la razón, maltratada. Maltratada por unos jueces que se han permitido el lujo en alguna ocasión de echarla de sus despachos; maltratada por un fiscal que no ha hecho su trabajo como debía; maltratada por una justicia que, como toda reparación a la puesta en libertad del hombre que mató a su hija sin haber cumplido ni la mitad de la condena, dicta una irrisoria orden de alejamiento y a la vez le cita en la Audiencia de Huelva para que informe de su paradero…
Se tardó muchos años en España hasta que las víctimas del terrorismo tuvieron el lugar que merecían en nuestra sociedad: respeto, reconocimiento, justas reparaciones, atención de todo tipo… Salvo excepciones, como el vomitivo trato que algunos medios de comunicación dan a las víctimas del 11-M o la repugnante actitud de los herederos de Batasuna con las víctimas de ETA, los que han sido golpeados por el terrorismo no están desamparados ni maltratados ni amenazados. Aún no he entendido la razón por la que ese enorme avance que se hizo con las víctimas del terrorismo no ha ido paralelo al de las víctimas de delitos violentos, que siguen siendo la gran asignatura pendiente de nuestra sociedad.
La opinión pública conoce unos pocos caso al año de estas víctimas maltratadas. Se convierten en caras conocidas y todos empatizamos con ellos. Incluso los políticos se reúnen y se fotografían con ellos y hasta les nombran asesores, como a Juan José Cortés, el padre de Mariluz, la niña asesinada por Santiago del Valle. Él, los padres de Marta del Castillo, la madre de Sandra Palo… Son los rostros de una tragedia que es mucho mayor. En los más de veinte años que llevo dedicados al periodismo de sucesos he conocido a muchas familias arrasadas por la pérdida de un familiar en un crimen. Los medios nos acercamos a ellos mientras dan lectores, audiencia… Pero cuando los focos se apagan, nadie se ocupa de ellos. Ni los medios, ni las administraciones, ni la sociedad. Y cuando llega el día –siempre llega– en el que tienen que ver a los que les privaron de ver crecer o envejecer a sus familiares se impone esa sensación de maltrato, de desamparo. Y por mucha fotografía que se hagan los políticos con ellos, ninguno de esos representantes de la soberanía popular se ha puesto a legislar de verdad para proteger a las víctimas.
Vivimos, afortunadamente, en un sistema de libertades con una justicia garantista, en la que nadie puede ser detenido, procesado o condenado sin las garantías suficientes. Y así debe seguir siendo. Cualquier reo debe gozar de todos los derechos posibles. Pero hace tiempo que tengo la sensación de que ese mismo garantismo debía llegar hasta las víctimas, que hoy carecen, cuanto menos, del trato adecuado. Eso no es ningún recorte de libertades, el mantra al que permanentemente se agarran los talibanes del garantismo.
José Franco está en la calle desde hace unos días. Es un hombre libre. Salvo en Huelva, puede vivir donde quiera. También junto a su casa, aunque usted tenga niñas menores. Nadie puede evitarlo, si siquiera usted tiene derecho a saberlo. Eso sí sería un recorte de libertades. De las del asesino, claro.
Caso Marta del Castillo: el peor de los supuestos
El juicio por el asesinato de Marta del Castillo va tomando el peor de los rumbos posibles. A medida que pasan los días y van escuchándose testimonios en la Audiencia de Sevilla, va cobrando fuerza el temor expresado desde hace tiempo por los familiares de Marta y reforzado la semana pasada, con la ratificación de la sentencia de El Cuco –tres años por encubrimiento–, un fallo tan enrevesado como populista: reconoce el sinsentido de juzgar dos veces el mismo hecho criminal y hace un brindis al sol condenando al menor y a su familia a pagar las costas de la búsqueda de Marta. Pensemos por un momento que a los condenados por narcotráfico se les obligue a pagar el coste de la patrullera que asalta su barco cargado de cocaína en alta mar o las dietas de los Geos que abordan su nave. ¿Absurdo, verdad? Pues algo muy parecido es lo que ha hecho la Audiencia de Sevilla, sumando un despropósito más a una lista ya demasiado larga.
Precisamente, esta mañana ha pasado por la Audiencia de Sevilla uno de los personajes centrales de este caso, Francisco Javier García Marín, El Cuco, para añadir más dolor a la familia de la víctima y más confusión a un procedimiento casi maldito. Yo pensaba que El Cuco iba a tener un perfil bajo en su declaración. Pensaba que, sabedor de que lo peor para él ya ha pasado con la ridícula condena con la que se saldó su participación en los hechos, iba a estar discreto. Yo, como tantas otras veces, estaba equivocado: El Cuco, como todo el mundo en este asunto, ha querido tener hoy su minuto de gloria y que los focos le apuntasen a él y a su ridícula melena. Ha negado su testimonio inicial, en el que admitía haber visto el cadáver de Marta en casa de Miguel y haber ayudado a hacerlo desaparecer. Ha dicho que esa versión, que es la que recoge el apartado de hechos probados de la sentencia que le condena, la dio en sede policial, presionado… Otra retahíla de mentiras coronadas por el titular puesto en bandeja para todos los medios: “Si quieren saber dónde está el cadáver de Marta, pregunten a Miguel.”
Poco se podía esperar de un tipo de la catadura moral de El Cuco. Como poco se puede esperar de Carcaño, de Samuel y de toda esa pandilla basura que está muy cerca de salir airosa de algo tan grave como un asesinato. Porque creo que hay que prepararse para el peor de los supuestos, para que este juicio termine en condenas mínimas. Y es que lo cierto es que hay muy poca materia para poder condenar a nadie. Que todos los implicados en el caso –y no hablo de los que se sientan en el banquillo– hagan examen de conciencia y comprueben qué parte de su trabajo no hicieron bien para que el caso Marta del Castillo se convierta en uno de los mayores fracasos de nuestro sistema policial y judicial. La Fiscalía es uno de esos implicados, cuyo representante hoy también ha querido tener su minuto de gloria acorralando a El Cuco y sobreactuando con quien hoy no era más que un testigo. La misma Fiscalía fue la que durante el procedimiento en el que El Cuco era el acusado, olvidó llamar a declarar a Miguel Carcaño, haciendo posible así que el menor solo fuese condenado por encubrimiento, porque nadie le acusó de otras cosa.
Dos libros, dos joyas
Convertirse en editor en los tiempos que corren debe ser algo muy cercano al heroismo y algo que debemos de agradecer los que, como yo, tenemos como enfermedad la lectura. En mis visitas –voy un par de veces a la semana– a las librerías me gusta fijarme en las novedades de las editoriales independientes y casi siempre descubro alguna joya. De esta manera encontré hace ya unos años las novelas de Robertson Davies en Libros del Asteriode o más recientemente me topé con la sensacional y monumental Homicdio, de David Simon, en Principal de los Libros. Como una vez leí al gran Antonio Muñoz Molina, esos pequeños editores suelen tener un gusto exquisito para construir su catálogo. Así lo demuestra también Errata Naturae, una editorial que ha publicado en un breve espacio de tiempo dos de las mejores recopilaciones periodísticas que he leído jamás: Asesinato en América y Nueva York 8.45 a.m.
Se trata de dos libros similares: son crónicas y reportajes periodísticos galardonados con el premio Pulitzer, el más prestigioso de cuantos se entregan en mi oificio. Asesinato en América recoje textos que hacen referencia a ocho crímenes cometidos en Estados Unidos, toda una antología de la crónica negra norteamericana. Nueva York 8.45 a.m. es otra antología de textos, todos ellos referidos a los atentados del 11-S y también todos premiados con el Pulitzer.
La lectura de los dos volúmenes es una verdadera delicia y un deleite para los profesionales del periodismo, que cuando leemos estos textos nos damos cuenta de todo lo que nos falta por aprender de nuestros colegas norteamericanos. En Asesinato en América hay reportajes de investigación tan completos y contundentes como los del Miami Herald que abordan los címenes de la secta liderada por Yahweh ben Yahweh. También podemos leer el fascinante relato que del asesinato de John Fitzgerald Kennedy hace el periodista de UPI Albert Merriman Smith, testigo directo del magnicidio y de la toma de posesión de Lyndon B. Johnson en el Air Force One. Y, por supuesto, el libro recoje los reportajes que ocho reporteros de The Denver Post hicieron sobre la matanza de Columbine y que les hizo merecedores del Pulitzer en el año 2000. Si alguien espera algo similar a las charlotadas de Michael Moore, que se olvide: lo que hay en estos reportajes es periodismo puro, ese que da respuestas a muchas preguntas sin necesidad de coger ninguna bandera y ese que le da al lector todas las claves para que sea él quien tome posturas. Asesinato en América es un libro imprescindible para los aspirantes a periodistas y para los que ejercemos este oficio: la pieza vintage sobre el asesinato de un chico de 14 años, Robert Franks, a manos de dos jóvenes adinerados es una joya que por sí misma justifica el libro.
El otro libro, la otra joya, Nueva York 8.45 a.m., recopila reportajes en torno a los atentados del 11 de septiembre de 2001 y sus consecuencias. Todos ellos también han sido premiados con el Pulitzer –a excepción del último, que hace referencia a la caza de Bin Laden– y son un perfecto ejemplo del trabajo de los compañeros de Estados Unidos, donde el periodismo de declaraciones apenas existe y los diarios están plagados de historias. Hay buenos textos de investigación, las estremecedoras crónicas de los ataques al World Trade Center del equipo de The Wall Street Journal, pero una pieza destaca por encima de todas, la del periodista de The New York Times C.J. Chivers, un ex marine que pasó varios días en la zona cero tras los atentados, infiltrado entre los equipos de rescate y que escribió unas crónicas memorables que, sin embargo, no le valieron el Pulitzer. Chivers es el autor de estas palabras que el libro recoge: “Los habitantes de esta suerte de pueblo que es la Zona Cero comían juntos en restaurantes abandonados y cerca de pilas de desperdicios podridos, se dormían juntos donde fuese, sollozaban y rezaban juntos y poco a poco cogían confianza con el nuevo paisaje surgido en la zona meridional de Manhattan, intercambiando información sobre dónde encontrar teléfonos que funcionasen y baños que aún no estuviesen cubiertos de vómito”. Los reportajes de Chivers desde la zona cero le permitieron acudir a Afganistán como corresponsal de guerra y allí escribió la obra maestra recogida en el libro de Errata Naturae, Dos mundos unidos por la guerra. Cuando vivir o morir es tan solo una cuestión de suerte. Memorable. Ya veréis. Y atentos a las próximas publicaciones de esta editorial. Sus responsables tienen un excelente gusto.
El caso de Córdoba no es el caso Marta del Castillo

El pasado viernes, el padre de Marta del Castillo, presa de una más que razonable desazón al conocer la ratificación de la sentencia de El Cuco –tres años por encubrimiento…– dio una rueda de prensa en la que manifestó su temor a que la desaparición de Ruth y José Bretón, los dos niños de Córdoba, se convirtiese en un caso como el de su hija.
Los padres de Marta del Castillo tienen sobrados motivos para estar indignados, descorazonados y para que desconfíen de las instituciones policiales y judiciales de nuestro país. La muerte de su hija va camino de convertirse en uno de los mayores fracasos de nuestro sistema: unos cuantos niñatos están a punto de salir casi indemnes de un execrable crimen, sin ni siquiera tener la humanidad suficiente para revelar el paradero del cuerpo de la chica asesinada. Y saben bien que esa baza –el hecho de que no haya un cadáver, siempre principal prueba de cargo de un homicidio– es la que les va beneficiar en su condena. Pero sería injusto obviar que El Cuco ha sido condenado a una pena tan ridícula, entre otras cosas porque ni el fiscal ni la acusación particular se acordaron de que había que citar a declarar a Miguel Carcaño en el procedimiento contra el menor luego condenado. Y su testimonio habría sido fundamental para obtener una condena por homicidio, asesinato o violación contra El Cuco.
Los padres de Marta tienen razones para arremeter contra el sistema, pero es injusto hacer el paralelismo que hicieron con el caso de Córdoba. Muy pocas horas después de la citada rueda de prensa, el juez enviaba a prisión incondicional sin fianza a José Bretón, el padre de los niños y principal sospechoso de la desaparición de los pequeños. No ha hecho falta que los críos apareciesen para que el juez haya dictado una resolución tan contundente. A Miguel Carcaño se le detuvo más de dos semanas después de la desaparición de Marta. Pero, además, en aquellas pesquisas participaron varias plantillas policiales, que, lejos de colaborar, perdieron mucho tiempo en ataques de celos y disputas absurdas. Ahora, los agentes de la UDEV Central se han hecho cargo de las pesquisas bajo un mando único y los agentes de Homicidios han seguido una única línea de actuación, al margen de que cuenten con la colaboración de la plantilla de la comisaría de Córdoba.
José Bretón está en prisión, gracias al trabajo hecho por la policía, que ha puesto de manifiesto las incongruencias y las lagunas del testimonio del principal sospechoso. Cualquier intento para que revele el paradero de los pequeños ha sido, hasta el momento, inútil. Bretón se ha cerrado en banda y ha aguantado la presión antes, durante y después de su detención. Ahora, con él en prisión y los medios lejos de Córdoba, la policía seguirá trabajando para que el caso tenga un final muy distinto al de Marta del Castillo. Seguro.
‘Homicidio’, un canto de amor a la policía y al periodismo de sucesos
Se acaban hoy mis vacaciones y coincidiendo con el final de mis dos semanas de asueto he terminado Homicidio (Principal de los Libros), de David Simon, periodista y guionista de la mejor serie de televisión policiaca de todos los tiempos, The Wire. Es un libro excepcional, 700 páginas muy bien escritas y plagadas de historias reales, sucedidas durante 1988 en las calles de Baltimore, la ciudad del estado de Maryland en la que también se desarrolla The Wire.
El libro tiene un planteamiento tan sencillo como ambicioso: Simon, entonces reportero de sucesos de The Baltimore Sun –el mismo diario en el que se centra la quinta y última temporada de The Wire– pasó un año acompañando a los componentes del Departamento de Homicidio de Baltimore. El volumen es el resultado de su aguda capacidad de observación de reportero y de sus vivencias durante ese año, en el que los éxitos policiales y las apasionantes investigaciones se mezclan con las frustraciones y las miserias, de las que no se libra nadie, ni policías, ni asesinos. Simon es honesto, no maquilla nada. Los protagonistas del libro son reales, personas dedicadas a lidiar con lo peor de la sociedad, que muchas veces no son comprendidas ni correspondidas ni por sus familias, ni por sus jefes, ni siquiera por fiscales y jueces. Eso pasa en Baltimore, en Madrid e imagino que en cualquier departamento de Homicidios del mundo civilizado.
David Simon no puede ocultar su empatía y muchas veces su simpatía con los inspectores de Homicidios, la misma que hemos sentido todos los que de una u otra manera hemos compartido éxitos y frustraciones con ellos. Y no puede ocultar su amor por la investigación, por el trabajo policial fino y por el olfato de los viejos sabuesos. Pero, sobre todo, Homicidio es un canto de amor bello y profundo al periodismo de sucesos, al que practicaba él antes de convertirse en guionista y productor de televisión de éxito y al que destilan todas las páginas del libro. Al final del volumen, hay un epílogo escrito por Simon en 2006, en el que cuenta cómo le ha ido la vida desde que recogió todo el material para Homicidio –el libro se publicó en Estados Unidos en 1991–. Allí Simon cuenta las razones de su salida de The Baltimore Sun y ajusta algunas cuentas que dan una idea perfecta del estado del periodismo allí y aquí. Reproduzco algunos fragmentos: “Me ayudó [a dar el salto a la televisión] que mi periódico se hubiera convertido en el terreno de juego de un par de sinvergüenzas de Filadelfia, dos imbéciles sin ningún tipo de preparación periodística para quienes el apogeo de un reportaje constituía en una crónica en cinco partes cuyo párrafo empezaba: “Según ha podido descubrir Baltimore Sun” y luego ofrecía un par de páginas hinchadas como un buñuelo repletas de bestialidades simplificadoras y soluciones aún más simples”.
Y, finalmente, Simon resume de manera perfecta la política de personal de su antiguo diario, que hoy practican en España muchos periódicos: “Marginaron a algunos de los mejores periodistas, luego los compraron y los reemplazaron por acólitos veinteañeros que al menos jamás cometerían el error de sostener una discusión honesta con los jefes de redacción”.
Homicidio es imprescindible, una joya de la primera a la última página que disfrutarán los amantes del género negro y los aficionados al periodismo de sucesos.
La sentencia de ‘El Cuco’, en Territorio Negro

No he querido valorar la primera sentencia del caso Marta del Castillo hasta que no la he leído con tranquilidad y he podido analizarla. El pasado jueves, las partes personadas en el procedimiento contra El Cuco y la mayoría de la prensa clamaron contra el fallo, que condenaba a tres años de internamiento al menor por un delito de encubrimiento, una pena que puede parecer irrisoria por la gravedad de los hechos, pero que, a la vista de la detenida lectura de la sentencia, era casi la única posible.
En el Territorio Negro (Onda Cero, martes, 17.40) de mañana, martes, analizaremos con detalle la sentencia y aquí podréis leer lo que contaremos en el programa, pero anticipo que el juez ha hecho su trabajo, algo que no puede decirse del fiscal. En la sentencia, el juez de menores reprende de manera muy dura al representante del Ministerio Públco por una razón: basa toda su acusación contra El Cuco en el testimonio prestado por Miguel Carcaño el 17 de marzo de 2009 ante el juez que instruye el procedimiento en el que Miguel es el principal acusado. En esa versión, Carcaño dijo que El Cuco y él violaron y mataron a Marta. La acusación y el fiscal basaron sus escritos de conclusiones en este relato. Por eso, acusaron al menor de asesinato y agresión sexual, cuando en el resto de las versiones de Carcaño, el papel de El Cuco se limitaba a ayudar a deshacerse del cuerpo de la joven. Sin embargo, el juez le recuerda al fiscal en la sentencia algo que debería saber: ese testimonio de Carcaño se hizo sin la presencia de la defensa del menor y, por tanto, no puede tener valor probatorio en este proceso. Pero es que, además, el juez le dice al fiscal que tuvo más de un año para solicitar la declaración de Carcaño en el procedimiento contra El Cuco y no lo hizo. Es una negligencia enorme del Ministerio Público, así que todos esos que claman contra la Justicia, contra el juez, contra la Ley del Menor, que, de momento, miren a la Fiscalía.
La sentencia deja entrever otros fallos y omisiones, tanto del fiscal como de la acusación particular, y deja clara una cosa: El Cuco es un ser deleznable, que ha sido incapaz de sentir la más mínima compasión ante el dolor de la familia de Marta y sigue empeñado en negarse a ayudar a localizar el cuerpo de la víctima, cuyo paradero conoce, casi con seguridad. Sin embargo, eso, que puede ser socialmente reprochable, no es un delito. Al menor se le condena por encubrimiento por ayudar a ocultar el cadáver, no por no revelar dónde está.
El novelista Lorenzo Silva y la propagandista Elena Pita
La estrategia del agua es la última novela publicada por el escritor Lorenzo Silva. El libro acaba con un apartado titulado “Reconocimientos” y éste termina con la siguiente frase: “Y a Miguel Ángel Salgado, asesinado a traición en Ciempozuelos (Madrid) el 14 de marzo de 2007. Este libro no es su historia, pero su sacrifico me lo sugirió. Va por él, y por todos los padres que luchan, en condiciones adversas, para seguir cuidando de sus hijos”.
La novela –magnífica, como todas las protagonizadas por Chamorro y Bevilaqua, la pareja de guardias civiles creada por Lorenzo– está inspirada, efectivamente en el crimen de Miguel Ángel Salgado, un informático asesinado por Charles Guarín Cercós, un sicario contratado por la abogada Dolores Martín Pozo, según el relato de hecho que hizo la jueza de Valdemoro en el auto que ratificó la prisión para los dos. Martín Pozo mantenía con su ex marido una agria disputa por la custodia de su hija, María. Para tratar de quedarse con la pequeña, la letrada no dudó en acusar a su ex pareja de abusar sexualmente se su hija, lo que le ha costado una condena de dos años de prisión por denuncia falsa. Esto no es ficción. Son los hechos que recoge la investigación del Grupo de Homicidios de la Guardia Civil de Madrid, el sumario instruido en el juzgado de Valdemoro y el relato de hechos de la sentencia que condena a Dolores por inventarse que su ex marido abusaba de su propia hija.
Lorenzo Silva, conmovido por el caso, decidió inspirarse en el crimen de Miguel Ángel. En su novela, un hombre envuelto en un complicado proceso de divorcio es asesinado por encargo de su ex mujer. Y ahí se terminan las semejanzas con la realidad. Lorenzo es un novelista magnífico y emplea esa realidad para crear una sensacional trama de ficción.
Ahora, se acaba de publicar No amarás a tu madre, una “crónica novelada de una infancia rota”, según dice el subtítulo. El libro está firmado por la periodista Elena Pita y en el capítulo de agradecimientos se puede leer lo siguiente: “A Carlos San Juan, que me contó toda su verdad. A él y a María Dolores Martín Pozo, que la sufren (esta verdad)”. Carlos San Juan es la pareja de Dolores Martín, la mujer encarcelada por encargar el asesinato de su marido. Mis náuseas comenzaron ya cuando leí estos agradecimientos, pero se convirtieron en un profundo asco cuando seguí leyendo este libelo propagandístico, a mayor gloria de Dolores Martín. Lo que se disfraza de melodrama por el incierto destino de un niño al que la Administración priva de estar con su familia, no es más que una galería de insultos y malidicencias contra la víctima del crimen, Miguel Ángel Salgado, envueltas en una presunta ficción.
Obviamente, Elena Pita no es Lorenzo Silva. Lo que supuestamente pretendía ser una inspiración se convierte en algo que, por momentos, es hasta chusco. Miguel Ángel Salgado era informático, igual que el padre del niño protagonista del libro. Pero en el libelo, es “un pirata de la informática”, según dice en un pasaje la mamá del niño, que también es abogada y también se llama Lola.
María, la hija de Miguel Ángel Salgado y Dolores Martín debe estar sufriendo un verdadero infierno. De eso no hay duda. Pero Elena Pita parece olvidar –ya lo parecía en este reportaje, que viene a ser un anticipo del libro– que la causante de ese infierno es su propia madre, cuando decidió inventarse que su marido abusaba de su hija y cuando, finalmente, decidió ordenar su muerte, como consta en el sumario instruido en el juzgado de Valdemoro.
En No amarás a tu madre, María se convierte en Moisés; a su padre no le pegan tres tiros, como a Miguel Ángel, sino que en un alarde de mal gusto y de crueldad, la autora decide que muera mientras está sentado en la taza del váter: “Murió cagándose”, sentencia en un pasaje del libro Lola, el alter ego de Dolores Martín. Evidentemente, en el escrito propagandístico de Elena Pita, la mamá de Moisés no tiene nada que ver con la muerte de su marido, aunque también es encarcelada en Alcalá-Meco, como la de verdad, sino que detrás del crimen hay una trama de búlgaros relacionados con los juegos de rol, a los que la víctima de la ficción era muy aficionado. Curiosamente, en su primera declaración ante la Guardia Civil, Dolores Martín Pozo dijo que ella creía que a su marido, Miguel Ángel Salgado, le habían matado por su afición a los juegos de rol. Repugnante.
Queda ya poco para que Dolores Martín Pozo se enfrente a un tribunal. No sé cuál es el destino de María, su hija. Espero que la Administración obre solo teniendo en cuenta el bien de la niña. Si el mejor destino que puede tener es junto a Carlos San Juan y a la hija que éste tuvo con Dolores, perfecto. Que así sea. Pero flaco favor le hace a la Justicia esta bazofia de Elena Pita, que parece destinada, por encima de todo, a difamar a Miguel Ángel Salgado. A matarle otra vez.
La llamada de un asesino
Situación real vivida ayer en la redacción de Interviú:
– ¿Con quién hablo?
La llamada me la acababa de pasar la secretaria de redacción de Interviú, diciéndome que “alguien que decía ser un asesino quería ofrecer una entrevista”.
– Soy XXX… ¿Sabe quién soy?
– Sí, perfectamente.
– Sí, el asesino de XXX….
– Sí, sí, ¿qué deseas? ¿Siguen en XXX? ¿Continúas casado?
– Sí, sí, sigo viviendo en XXX y lo de si sigo casado, de momento no se lo voy a contestar…
– A ver, XXX, dime qué podemos hacer por ti en Interviú.
– Dentro de unas semanas acabo de cumplir definitivamente mi condena. Y como sé que voy a estar en el candelero, que van a hablar de mí, he decidido anticiparme y ofreceros una entrevista.
– Bien, quieres que te entrevistemos y, naturalmente, quieres dinero por ello…
– Por supuesto, sería una entrevista remunerada y muy bien remune…
– Lo siento, XXX, te has equivocado de lugar. No te vamos a pagar un duro por una entrevista, prueba con otros medios. Gracias.
Y colgué el teléfono entre atónito, indignado y confuso. Acababa de hablar con un joven que, siendo menor de edad, asesinó a varias personas. Que pronto habrá saldado su deuda con la Justicia y que decide que como primera medida para volver a la sociedad de la que le apartaron por sus crímenes, pretende cobrar por ser entrevistado. ¿Qué va a contar? ¿Va a revivir sus crímenes? ¿Nadie cercano a las víctimas lo va a parar?
Como estoy seguro de que alguien, finalmente, pagará y XXX será entrevistado, desvelaré entonces de quién se trata. Hoy, sigo prefiriendo preservar su identidad para garantizarle un anonimato que él está loco por abandonar. Absurdo, pero real.
La llamada me dejó tan fastidiado que durante una buena parte del día sólo pude escuchar al gran Tom Waits. Os dejo una de mis canciones favoritas de él.
El Rafita, dueño de su destino

La Razón
Leo dos reportajes, uno en ABC y otro en La Razón, sobre El Rafita, uno de los jóvenes condenados por el asesinato, en 2003, de Sandra Palo. Desde hoy, El Rafita es un hombre libre, que ha cumplido sus deudas con la Justicia, que le condenó a cuatro años de internamiento y tres de libertad vigilada, que se cumplen hoy. Mientras ha durado su libertad vigilada, El Rafita ha delinquido: ha robado coches, ordenadores… Mal síntoma. Su entorno no parece el más adecuado para una reinserción completa. Se cuenta en estos reportajes que el joven, que hoy tiene 22 años, va a ser padre, que se casó por el rito gitano con una marroquí de la que ya se ha separado tras tres meses de convivencia, que estuvo residiendo en la Cañada Real… Todo ello forma un cuadro que no da pie a ser optimista. El Rafita creció en una familia desestructurada, pasó su infancia en el poblado chabolista de Las Mimbreras y siempre fue carne de cañón.
Hoy ya ha cumplido con la Justicia. No es momento de discutir si lo suficiente o no, aunque nunca habrá pena suficiente que repare el dolor de los padres de Sandra Palo. Ahora le ha llegado el momento a él, a su libertad de elección. Ya nadie más que él puede ser responsable de lo que haga, por muy difícil que se lo hayan puesto los medios de comunicación, la administración de Justicia, su propia familia… Pero aún así, su destino ya sólo le pertenece a él.



